sábado, 1 de noviembre de 2008

Un Viejo Balcón en San Lorenzo ...................A ti querida Glauca

El balcón permanece abierto de par en par esperando al Señor. Un mínimo haz de luz termina por alumbrar la oscuridad del interior de una vieja casa, en sus entrañas se divisan dos sombras hermanas, simétricas e inmutables. Sentadas en sendos sillones y padeciendo el hondo pesar que sienten en sus cansados corazones por el mucho vacío de las ausencias pasan sus horas en silencio. Un silencio tenuemente alterado por el leve murmullo de la brisa que acaricia el suave tacto de una cortina blanca de seda. El recuerdo de incontables madrugadas permanece intacto en la frágil habitación de sus memorias. Sus vidas transcurren en torno a una mesa de camilla perfectamente arropada, sobre la cual podemos contemplar media docena de paños de encaje y un arrugado pañuelo bordado sobre el que se adivinan unas iniciales cuidadosamente marcadas. Visten hábito morado en señal de promesa. El mismo que vestirán al final de sus días cuando sus cuerpos sean amortajados para iniciar el viaje que las llevará a descansar para siempre junto al que Todo lo Puede. Dos candelabros de plata ennegrecidos por el paso del tiempo, un rosario apoyado sobre un misal de amarillentas páginas, un reloj de pared de aquellos que vemos a diario en tiendas de antigüedades, una estantería repleta de libros de vidas de santos y mártires, un pequeño transistor vestigio de viejas novelas y de partes de noticias componen el humilde mobiliario de un estrecho, calido y al tiempo confortable cuarto de estar. Como mejor tesoro y estrechados entre sus arrugadas manos viejos retratos del Señor de estimada fecha en los años cuarenta, cuando todavía residía en la Parroquia de San Lorenzo.
Meses atrás, entre lágrimas y oraciones, se asomaron por última vez al viejo balcón para ver marchar al Señor. No pueden disimular la tristeza que les produjo tan irreparable marcha. Como puñal penetrante sienten cada uno de los pasos que dio El Señor hacia la lejanía de un oscuro, para ellas, horizonte sin su Dios. Sus cansados pies se detienen cada noche detrás de las cortinas, el dolor les impide dar un último paso para asomarse a su balcón y con ello sentir todavía más si cabe la soledad de una Plaza y la ausencia de su Dios. Su fe en el Señor permanece inalterable tras su marcha, pero como buenas hijas necesitan de su cercanía, de su calor y de su mirada. Fueron muchas las madrugadas en las que estas mujeres acompañaron sin descanso al Señor de Sevilla. Cada día no les faltaba tiempo para acercarse a la Basílica y tras minutos de oración subir la escalera de mármol que llega al camarín del Señor, una mirada a su costado y un beso en su Sagrado Talón. Hace años que las fuerzas abandonaron sus envejecidos cuerpos y el sueño de cada Madrugá es fruto prohibitivo para ellas. No pueden seguir acompañándolo durante toda la noche.
Su gran consuelo está en un privilegiado balcón que apunta hacia el corazón de San Lorenzo y que les permite contemplar al mismísimo Dios caminando por las calles de Sevilla. Toda una noche en vela, sin tiempo para conciliar el sueño, esperando con ansiedad el canto de los pajarillos que despiertan para bendecir al Señor de Sevilla en su retorno a la Plaza. Volverán a asomarse al balcón como la madre que espera al hijo durante toda una noche con preocupación y que lo ve llegar tal como se marchó, con una sonrisa celosamente guardada para ella. Meses de ausencias, de soledades, de vacíos y de oscuridad. No desesperéis piadosas mujeres que muy pronto, vivos los ecos de dos penetrantes saetas que partieron de un balcón cercano, del silencioso murmullo de una abarrotada Plaza y de la infinidad del Dios Todopoderoso que se marchó a cuidar de sus hijas, monjitas de Santa Rosalía, volverá con su Luz para deslumbraros con la infinidad de su Amor.
Despertarán los vencejos de la Santa Madrugada, la soledad de la Plaza volverá a llenarse por completo, renacerán viejos aromas de pasión, nos reencotraremos con nuestro pasado más lejano, despertaremos de un profundo sueño, los viejos corazones latirán como lo hicieron antes de la ausencia más inesperada, San Lorenzo volverá a ser pórtico del Cielo y la Basílica la única morada del Señor.
No me olvido de ti querida abuela, tras los pasos del Señor caminará tu bella azucena.

6 comentarios:

Glauca dijo...

Gracias querido Jordi por hacerme ver a mi abuela caminando eternamente tras su Bella Azucena.

Gracias por hacerme sentir de nuevo su mano en las madrugadas de mi niñez siguiendo Sus Pasos.

Gracias por recordarme que debo seguir caminando tras Ella.

Gracias de corazón.

sevillana dijo...

Pasate cuando puedas por mi blog, hay un regalo para ti.
Saludos

Anónimo dijo...

Llevo tiempo leyéndote y no me había atrevido hasta hoy a acercarme a ti. Me parece que alguien que es capaz de escribir cosas tan bonitas como la que he leído hoy del Gran Poder, es porque en su interior está lleno de auténtica sensibilidad. Me gustaría conocerte: soy nuevo en Sevilla y no tengo muchos amigos. Yo te invitaría a tomar algo y así nos conocemos. Seguro que por lo que escribes podemos llegar a ser muy buenos amigos.

Me llamo Pedro. Hasta pronto.

Anónimo dijo...

Jordi:

Te has salido. Es increíble como cada vez que escribes algo nuevo eres capaz de superar lo magnífico que llevas ya escrito. Jamás he conocido a nadie que sea capaz de transmitir sentimientos tan fuertes de amor al que Todo lo puede. Que nunca nos falte.

Absolutamente maravilloso. El personaje de la abuela sevillana que vive por y para el Señor no ha sido nunca tan bien descrito.

Enhorabuena. Maravilloso. RAFA

Anónimo dijo...

Tu Bella Azucena que bonito calificativo para definir a la Madre del Señor. Ella siempre permanece cercana a su Hija, ocupando un segundo plano y no por ello deja de ser la estampa perfecta del dolor y de la generosidad de una madre. En tu texto he podido encontrar a mi abuela, por desgracia su balcón hace años que dejo de abrirse para ver pasar a su Señor de la Salud, como bien dices en algunos de tus párrafos, seguro que estará junto a Él oliendo a cisco y recitando en voz baja y al oído del Señor aquella saeta que escribió con manos temblorosas y que nunca tuvo el valor de cantar al Señor. Pensaba que su voz era poco para Él. Gracias Jordi por hacernos recordar a los que se alejaron de nuestra vista y que no obstante están muy presentes. No tengas dudas en saber que estas personas que protagonizan tus bellas estrofas las están leyendo con atención desde el Cielo y los que quedamos para recordarlas tomamos debida cuenta de tu mensaje.

Desde San Román

el aguaó dijo...

Eres especial Jordi. Lo eres amigo, porque consigues transoformar en palabras la emoción... y eso sólo lo hace l gente que es especial.

Me has emocionado.

Un abazo enorme.