
No encuentro palabras para alabarte, ni versos exactos que rimen en justicia con el amor que esparces, ni oraciones para rezarte. Perdóname Padre Mío, pero ante Ti el mundo se detiene y mi mente se paraliza. Tú eres el pan nuestro de cada día, el aire que respiramos, la sangre que corre por nuestras venas y tuyo es el corazón que late bajo nuestros pechos. En Tu ausencia nuestras vidas carecen de sentido. Tú eres la mayor Verdad de este Mundo.
Quisiera clavar sobre mí frente las espinas que Te atormentan, ser Tu cirineo para aliviar el duro peso de la Cruz que cargas sobre Tus espaldas por nuestras miserias. En el poder de Tu mirada encuentro la fuerza que me hace seguir en el camino. En Tus manos la caricia que me hace levantar en mis caídas, en Tus pies el milagro del esfuerzo sobrehumano del Hijo del Hombre y en Tu zancada la certeza del Dios que nos espera al final de nuestros pasos.
Dios mío no me abandones nunca. Mis pasos son torpes cuando ando lejos de Ti, perdona si Te ofendí o me alejé del sendero que Tú me marcaste en la pila del bautismo. Tantas veces que mis hermanos me abandonaron, Tú te acordaste de mí y acudiste a mi rescate. Cada vez que la ceguera no me dejó ver al otro lado del río, en Ti encontré la verdadera Luz de Dios. En Tus ojos encuentro la certera respuesta a todas mis dudas.
Te seguiré amando hasta el día que el capataz Eterno llame al martillo para que me una a Su cuadrilla de costaleros. No dudes Rey de Reyes que lo dejaré todo para cumplir la voluntad del Padre y unirme a Tu Santo Reino. Incluso, Dios Mío, después de la muerte seguiré amándote con todas mis fuerzas. Todavía no había nacido de mi madre cuando empecé a quererte. La primera vez que contemplé la perfección de Tu rostro o descubrí en Tu mirada la profundidad de Dios, no descubrí nada nuevo. En mis sueños de niño pude ver con claridad lo mismo que puedo contemplar cada vez que voy a visitarte. En esos sueños de infancia, Te adelantaste, y fuiste a mi encuentro.
Ante Ti, Señor de las Espinas, fui temeroso de Dios y al mismo tiempo encontré el amor verdadero. Cada beso en Tu Sagrado Talón es un beso en la mejilla de los hermanos que se nos adelantaron en el último viaje, un último viaje que nos llevará a abrazarte por todos los Siglos. Junto a Ti Señor, no habrá tristeza, ni lágrimas que derramar, ni dolor, ni pena, ni odios, ni rencillas, ni guerra. Junto a Ti Señor habrá descanso eterno, paz y amor.
Un hombre agonizaba y sobre su envejecido rostro se dibujaba una sonrisa jamás entendida. Una pequeña luz encendida en su mirada que se apagaba muy lentamente. Se acercaba la hora y la sonrisa permanecía intacta e inamovible. Ningún gesto de rabia, ninguna lágrima que resbalara sobre los caudales de los surcos de sus mejillas. El candil de su vida se oscurecía, sus arrugadas manos resbalaban sobre la sábana de seda que cubría su cuerpo vencido. Sus hijos y su mujer trataban de disimular el llanto ante su último aliento. Los párpados se cerraban por completo, apretaba sus labios por última vez, su corazón se paraba y sobre su cara pálida y azul seguía dibujada la misma sonrisa. Ese viejo hombre empezaba a ver Luz al final del túnel. Entre las sombras de la oscuridad comenzaba a adivinar el Rostro de Dios. Lejos de resignarse ante el calvario de su muerte trataba con ímpetu de aferrarse a la vida, a la vida junto al Señor.
A los que amaron al Señor y durmieron en su Gloria. Esta Noche las lágrimas de sus ojos besarán los pies descalzos del Niño que nacerá en nuestros corazones. Para ellos existe en el Cielo una Plaza y un balcón donde asormarse cada Madrugá.
A mis amigos y maestros Paco Robles y Víctor García Rayo.