miércoles, 6 de marzo de 2013

ANHELADA MADRUGADA

                                       
                                                ANHELADA MADRUGADA

Adormece tu mirada bajo la brisa templada de la solemne Madrugada. Navega tu palio sobre espumas de viejo Guadalquivir y Triana eleva voz alzada el precioso nombre que traspira su alma. La silueta de la Señora de la Pureza contornea el faro Altozano para rubricar su presencia allende de los confines del Barrio. El suave canto reposado de una añeja saeta aviva corazones que murmuran amarrados al latido atravesado por siete puñales. El ensoñador Parasceve, reminiscencia de huellas del pasado, nos devuelve a la portentosa estampa inmortalizada en los templetes blanquecinos de la Cava.

Duerme el dolor profundo fundido en la belleza fresca de su dulce mirada, fundidos corazón y alma en un mismo tenor de amor y sueño. Sinfonía de compases y reflejos, entre verdes terciopelos y nacaradas capas aireadas. El cristalino rocío amanecer empañará los opacos cristales de la noche y la alargada sombra del alba reposará sus alas sobre las copas de la melancolía. La vida se acotará a cada palmo avanzado después de atravesar la cal serena del Postigo.

Volverá la Esperanza a cruzar el puente que llega hasta el Cielo del arrabal trianero, llorarán sus hijos envueltos en emociones y su luz resplandecerá en la azulada mañana. Esos ojos bonitos que alumbran nuestras vidas, brillarán más que el Sol apostado sobre la espadaña de San Jacinto. Una voz rota quebrará el silencio sobrevenido. No quedarán más lágrimas por derramar que las cristalinas caricias que resbalan sobre sus morenas mejillas. Esperará Señá Santa Ana tras una noche en vela, para plasmar besos sobre los cansados perfiles que elevan nuestras plegarias a la misma Gloria.

sábado, 9 de febrero de 2013

PÓRTICO DE LA GLORIA SEVILLANA

 
                                      PÓRTICO DE LA GLORIA SEVILLANA

Tempus fugit inexorablemente entre amaneceres y sombras del pasado. El péndulo que marca nuestra existencia cimbrea con arrogancia, acercándonos inmisericordemente al ocaso, preludio del despertar en el Santo Reino. Las páginas de los almanaques desfilan con cadencia acelerada entre una marejada de dilatadas estaciones que señalan el compás de la historia. Asumidos en la cotidianidad embalsamadora de la rutina diaria, nuestras mentes regresan abstraídas a recobrar el pulso de los grandes esplendores del pasado.

En las ocultas cavernas de la mente manifestamos un cimbrear de contornadas siluetas, en un comienzo difusas, y a posteriori, en la in moderato musicalidad del alma conformamos los paisajes más excelentes. Los sueños profundos del anochecer tiñen sus velos opacos de una extensa amalgama de matices. Traspasamos misteriosamente el umbral del insomnio para asumirnos en un inquietante y prolongado desvelo. Las huestes de la primavera acechan a paso marcial, venciendo al tiempo sin tiempo, para rescatarnos de las mazmorras del destierro. Inentendible episodio para quienes no gozan de memoria, de ese recuerdo imborrable y perenne de la niñez que tomó entre sus manos la semilla de la flor apasionada de nuestra Semana Santa.

Esa primera noche sentimos como nunca las cálidas caricias de nuestras madres y la calmada voz de nuestros abuelos al contemplarnos por primera vez ataviados por esa túnica de la Hermandad, que bien podemos definir como una de las ramas que nos sostienen al árbol genealógico familiar. Una tradición que fortalece los vínculos afectivos y que nos enseña el camino a seguir en el devenir de nuestros pasos.

El silencio de la noche queda roto en trazos discontinuos por el rachear de alpargatas costaleras, entre viejos naranjos se adivinan los primeros destellos de blanquecinas caricias floreadas, bajo los portones de las estrecheces intramuros se difumina el aroma envolvente que corrobora los indicios que apuntan al anual milagro. Anidan las cigüeñas, tañen ingrávidas las espadañas de los viejos conventos y el aliento de la Ciudad empaña al desgastado cristal de la melancolía. Parece que todo pasó en un horizonte lejano y que todo ha de comenzar de nuevo. Asumidos en el más conmovedor misticismo enmarcado en el misterio revelado de Dios, percibimos la proximidad del Señor. Entre los rasgados ropajes de la vieja Híspalis redescubrimos el corazón urgido que clama por Santa Catalina y otras tantas llagas sangrantes de su costado malherido. Cuarenta cuentas en un rosario que nos llevarán a atisbar una luz distinta de siete días, que dicen valer toda una vida.

 
Una tarde cualquiera deambulo por Cardenal Spínola para arrimar mi cansancio en la paz conventual de Santa Rosalía, disponiendo todos mis sentidos a un nuevo encuentro con el Señor. Como un hombre nuevo y libre de ataduras sigo la senda señalada como la última arteria pavimentada que en la venidera Madrugá atravesarán sombras de ruán entre luces albas y tinieblas siguiendo la estela del Todopoderoso Carbonero de San Lorenzo. Tiño manos, rostro, corazón y alma del cisco envolvente, textura humana sobre la Divina Madera labrada por las más certeras gubias del hombre que soñó con el Gran Poder. Creer es más fácil en Sevilla, es descifrar un lenguaje aprehendido con el paso de los años. Una literatura abierta al catecismo, credo cierto plasmado sobre legajos cautelosamente cincelados sobre nobles maderos. Los recónditos claustros monásticos extrapolan secula seculorum el poder e imperio del Dios que mora en su interior a toda la urbe, fruncen el ceño los mortales anclando la mirada en el Cielo. La torpeza humana endereza su rumbo en el silencio desgarrador del plenilunio y en la voz en grito del que agoniza suspendido del leño. Sevilla vuelve a creer en sí misma y concede la palabra a la Esperanza. Notas suspendidas en el aire, paisajes museísticos por redescubrir y grandes emociones por sentir atisban la venida del Ser Eterno, su luz brillará entre nosotros y su Gloria triunfará al descender de la escalera para adormecer el dolor sobre claros sudarios.
 
Cuarenta días nos acercarán a la locura, esa bendita locura que todos queremos vivir con intensidad y de la que nunca desearemos sanar. Languidecerá el cuerpo palidecido de Jesús tras una hilera de cirios, luz para la Luz y la fe del pueblo será palpable realidad a los ojos del mundo. El hueco madero poblará vacíos de pecadoras astillas y caminará el Señor despacio y lleno de vida por los senderos del Getsemaní imperecedero. Se aproxima el momento esperado y el niño que correteaba por la rampla del Salvador un lejano Domingo de Ramos renacerá en nuestros adentros para recobrar el pulso del ayer que siempre es presente en el latir apasionado y en las vivencias compartidas con los seres amados.

domingo, 16 de diciembre de 2012

ETERNA ESPERANZA NUESTRA


                  ETERNA ESPERANZA NUESTRA
 
El tiempo fluye como imparable río sobre el caudal de la existencia. Buscamos la belleza en los detalles y hallamos la esencia de la vida en el amor. El Adviento es tiempo de preparación a la venida de Emmanuel, Dios con nosotros, y preámbulo de la curación del alma por ese mismo Dios encarnado que nacerá en nuestros corazones.
 

Los contornos de la Ciudad van modelándose lánguidamente, permaneciendo como inseparable ánima, la espiritualidad y el inalterable carisma de Miguel de Mañara y Santa Ángela de la Cruz, que ensalzan como enarbolada enseña la Sevilla prendida a la pobreza espiritual y material. La remembranza de la arquitectura de la palabra cincelada por Gustavo Adolfo Bécquer nos transporta a rescatar notas románticas del añejo órgano del pasado. La arraigada fe del pueblo lejos de desvanecerse, se acrecienta, acunada por las grandes devociones marianas que muestran en la firmeza y la bondad el camino hacia Dios. Los hornos cuecen el presente sin olvidar los leños consumidos del pasado. La primera semilla caerá sobre la mejor tierra para florecer en primavera. Fundidos quedan los más preciados metales ante el resplandor de la Gracia Plena. La labrada devoción sevillana estremece al encontrarse delante de sus ojos con la Macarena.
 

¿Cómo tan frágil tarro puede contener tan desbordante pena? ¿Quién talló con sus manos tal prodigio o tan siquiera pudo soñarlo? Se eternizan las preguntas, sin encontrar mejor respuesta que al contemplar el océano de hermosura de sus ojos, los perfiles perfectos que elevan a Sevilla a los más inalcanzables confines o la rosada brisa que besa sus mejillas. El permanente milagro de la Esperanza aflora sentimientos profundos que no se desvanecen como escarcha en la mañana. Preexiste un misterio de siglos que tratamos de desvelar, trascendiendo únicamente conmovedoras leyendas que enfatizan el marcado arraigo espiritual y la sustancial grandeza escultórica de una Imagen única e irrepetible. La alfa y la omega de la vida nunca quedaron tan íntimamente entrelazadas como en el marco del rostro de la Esperanza. La armonía subyacente que irradia al exterior un contraste de tan disímiles lances nos lleva a advertir que nos encontramos ante la obra cumbre de la imaginería mariana. Incluso podríamos aseverar que el propio autor quedó tan conmovido y sorprendido por el resultado de su creación artística que no quiso desvelar su nombre junto a tan magna obra.
 
La Esperanza representa a la Madre excelsa y a otras muchas madres que sufren amargamente por sus hijos. Desechas por tanta angustia clavada, contienen aún mucho amor que repartir entre el resto de sus hijos, en los cofres resguardados de sus corazones. No busquen en la Macarena únicamente el pórtico indeleble de su elevada belleza, miren en el fondo y encuentren luz en el misterio desvelado de su atrayente presencia. Es un imán de devociones que se acrecienta continuamente.
 
La Esperanza es el núcleo vertebral de la anatomía precisa del Barrio. Los callejones son sus arterias, la muralla inmunizadora y protectora, el Atrio y la Basílica los pulmones que exhalan paz y la respiración contenida en el quicio de la Gloria. No es consecuencia de la casualidad la orientada percepción de la Macarena hacia los confines de la muerte y la enfermedad: Instituto Anatómico Forense, Hospital Universitario, Cementerio de San Fernando, Hospital de San Lázaro y Tanatorios. Evidentemente acudimos a su seno amoroso para encontrar alivio cuando discernimos nuestros pensamientos en las oscuras galernas de la vida porque sabemos encontrar en Ella la calma necesaria para seguir transitando por las veredas marcadas por el Ser Supremo.
 
El paso de la Esperanza Macarena por la Santa Madrugá de Sevilla acelera el ritmo vital de una Ciudad que duerme durante doce calmados meses para despertar ante el gran sueño renacido. Un lienzo rojo, continente de verdes pinceladas acuarelas, recrea sobre el inconmensurable museo de Sevilla el paisaje más conmovedor. Cada año se repite el esperado ritual de la apertura de las Puertas del Cielo y la aparición gloriosa de nuestra Esperanza. La alegría y la pena que colman la cara morena de la Señora se proyectan sobre los rostros de los devotos. Pasa la Macarena y permanece como resonancia visual su imborrable huella. Brotan de los pentagramas notas de seda para acariciar a la eterna Azucena, Sevilla llora junto a los invictos lanceros de la Centuria en el preciso instante que el Cielo cierra sus cortinajes al cumplidor Plenilunio.
 
A mis hermanos macarenos

sábado, 15 de diciembre de 2012

ADVIENTO DE ESPERANZA


                ADVIENTO DE ESPERANZA

Esperamos la venida del Salvador rejuveneciendo nuestros corazones y apreciando en el silencio del alma, la profunda voz de Dios. El ave peregrina del ayer detiene sus alas para posar el vuelo en el albor de la primera estación de nuestro credo. Una pequeña Cruz envolverá los pequeños ojos del Mesías bajo la metáfora del plenilunio del Parasceve. Prosa y poesía; Adviento y Esperanza; cuerpo y alma; vida y muerte; convergen como caudalosos afluentes hacia un mismo río.

Crecemos en la Esperanza desposeídos de los miedos que nos avistan, siempre la Luz de Cristo eclipsando cualquier atisbo de sufrimiento. Trasciende la belleza que desciende del camarín para ofrecer sus manos a los hijos ávidos de ser colmados de su presencia. Todo parece comenzar de nuevo, la quietud entarimada sobre los gélidos mármoles resuena como música celestial destilada sobre los pentagramas de la melancolía. Incontables encuentros, vivencias y oraciones relumbran sobre las reposadas cales de la Capilla.

La Esperanza es puente sólido que nos sostiene. Firmes y decididos lo cruzaremos de alfa a omega para retornar a la vía del gozo. Bajo sus forjadas barandas navegan las aguas que nos harán beber de la fe indestructible. La belleza perfecta de la Virgen rememora la grandeza del espíritu que mora en el interior. Su nombre reúne rotundidad y armonía en un mismo tenor. Para Ella no existe lugar a la indecisión, los límites humanos que la concretan tienden al infinito en el amor. La Niña Celeste Inmaculada de Pureza abrirá su Verde posada a la primera Caída del Redentor, precisamente la que nos hará levantar en la virtud que la moldea.

El ser humano a lo largo de los siglos ha ansiado hacer realidad los más extraordinarios sueños que destellaron en las veladas oscuridades de la vida. Ante la Esperanza de Triana el anhelo es lucidez incesante que nos invita a creer en la intangibilidad del alma presentida y valorada en unos acontecimientos que exceden de la evidente cotidianeidad. Pasan las generaciones de devotos cumpliendo cada ceremonial manifiesto ante la Señora venerada y descubriendo en la intimidad del templo aquellos momentos colmados de emoción que quedarán a buen resguardo.

La izada verde bandera y el ancla vertida sobre su textura, ondean de proa a popa sobre las mareas de fervor que nos esbozan felicidad. Cada día se abren las páginas de los evangelios ante nosotros como certeras respuestas existenciales. El preludio de lo inminente nos lleva al desvelo y al discernimiento de lo tangible y lo aparente. Tomamos el testigo de quienes nos participaron del más hermoso legado de vivencias y creencias, para retomar en nuestros corazones su propio latido. Días de lágrimas dulces nos esperan para borrar esas otras amargas que nos embargan.

Nacerán en nuestros labios los besos cautivos que libres quedarán de las celdas de la distancia, al alcanzar tus manos, que nuevamente nos llevarán a nombrar sin palabras tu bellísimo nombre: Esperanza. No tiene sentido, Madre nuestra, extrapolar a la palabra todo aquello que podemos leer en tu mirada. Sólo tú sabes entender el mudo diálogo que me acerca al Atril de tu hermosura en el efímero paso por el Cielo que se dibuja en tus ojos.

domingo, 7 de octubre de 2012

SALVE CENTURIA ROMANA MACARENA, SALVE ESPERANZA NUESTRA



SALVE CENTURIA ROMANA MACARENA.
SALVE ESPERANZA NUESTRA.


El tiempo se detiene en la Ciudad, ante la afluencia de caudales devocionales que fluyen por los senderos de las arterias adoquinadas, adyacentes al Imperio del Atrio. El rumor de lo inminente va tomando cuerpo lentamente sobre cada palmo del arrabal macareno. El silencio repentino del gentío anuncia la llegada de hombres de otra época, macarenos de siempre. Los balconcitos de la inalcanzable celestial espadaña florecen como cada primavera para ver asomar los cuerpos rejuvenecidos de los viejos macarenos, nunca olvidados y, que durmieron en el regazo de la Macarena para alcanzar la paz junto al Señor de la Sentencia.

Se encienden los corazones ávidos de Esperanza al tic tac de sonidos de metales entre destemplanzas de tambores. Aceleran los oxidados minuteros para marcar la hora exacta en el lugar previsto. Inútilmente buscaremos en viejos legajos sobre el Imperio Romano el valor de la Centuria Macarena. Realmente son las estilográficas blancas acariciadas por la brisa del anochecer quienes, sutilmente y con el mayor rigor, escriben cada renglón de la más apasionada historia de amor. La firmeza de sus convicciones se acrecienta a cada paso avanzado sobre la calzada de la otrora Híspalis. Envueltos por una nube de nostalgia y el lenguaje apasionado de las miradas silenciosas que tornan hacia los privilegiados escoltas del Señor, asoman por fin al Atrio, antesala del Paraíso. Bajo la opaca caída de la noche mágica de Sevilla una intensa luz humana pertrechada de corazas, rodelas, machetes y lanzas va derrochando fervor tras la Luz cegadora del Señor de la Sentencia, proclamando, una vez consumado el preludio, que un nuevo milagro tomará vida tras las rejas. El embriagador aroma de la Centuria permanece junto al clasicismo de su música y la elegancia en el desfilar. Un estilo inalterable, latidos al compás del rufar de los tambores y la majestuosidad de las cornetas, van conjugando puro macarenismo y sevillanía a uno y otro lado de la Muralla. La Centuria no es etérea ni pasajera a la fugaz madrugada. Cada nombre de los Armaos queda esculpido por finas gubias en los callejones del Barrio. Su silencio es plegaria a los ojos de la Esperanza y el vacío tras su marcha imborrable huella en la memoria.



Las creencias de los fieles hijos del Barrio se acrecientan envueltas de emociones y reflejadas en unos ojos universales, tornándolas como certezas absolutas al trasluz del Parasceve. Los Armaos son fedatarios indiscutibles de la palabra transustanciada en el verbo cautivo de nuestros pecados. Certezas en las manos amarradas del Señor de la Sentencia que a diario nos liberan de las sogas de la tristeza cotidiana. La arraigada fe del pueblo supera casi todas las inalcanzables murallas que encuentran a su paso. Diría que todas salvo una, pues sin lugar a dudas esa muralla es pórtico de la fe recreada en un mirada única. La de una mujer de excelsa hermosura e irrepetible en nuestras vidas, cuyo precioso nombre reza como lema de amor en cuatro sílabas que conforman en dulce melodía la sinfonía perfecta.

Atriles imposibles trataron de alcanzarla conjugando las más bellas estrofas rematando renglones de rigorosa prosa que aclamaban las virtudes de la Madre. No existe más Atril que aquel pedestal sobre el que descansa la perfección bajo formas de mujer. La angustia se apodera de su semblante y un caudal de lágrimas desconsuela al contemplarla a cada instante. Cuando el dolor nos envuelve y los escalofríos del alma nos elevan en mil rotas plegarias, descubrimos la milagrosa sonrisa que nos proclama la esencial virtud teologal que proclaman los perfiles morenos que como enseña verdadera pregona quien da verdadero sentido a la leyenda impresa sobre el escudo de la Ciudad.

Proclamamos en justicia y reciprocidad a las Legiones del Atrium, guardianes celosos de la Basílica, custodios del Señor y heraldos de la Reina de los Cielos nuestro amor inquebrantable y anunciamos su arribada a la interior madrugada, que renace en nuestros corazones anhelantes de sus bríos, con dos salves.



Salve Centuria Romana Macarena.
Salve Esperanza nuestra.



Fotografías: Rogelio Fajardo y Luis Manuel Jiménez
Texto: Jordi de Triana



martes, 13 de marzo de 2012

ALTOZANO: ESPÉRAME DESPIERTO


          ALTOZANO: ESPÉRAME DESPIERTO
Espérame despierto Altozano, mi viejo compañero, que este año llegaré descalzo para caminar por tu vereda. Llévame hasta Sevilla como tantas pasadas ensoñadoras madrugadas. Hazme sentir el latir acompasado de los corazones que claman al otro lado del Río. Pronto llenaremos ese gran vacío que te hizo llorar el último plenilunio de la añeja primavera. La Luna que besa tus cabellos en esta hermosa noche sevillana me invita a soñar contigo y a sentir los palpables escalofríos que pueblan mi alma cuando al son de las cornetas cruzo tu semblante marinero.
Entre mis manos adormecen dos niñas nazarenas que serán mi sombra cuando al fin alcance a pisar tus alfombrados adoquines que llevan a la Gloria. Es impagable ese fugaz anual encuentro con la única luz de tus candiles y esos perfiles que se recrean bajo un cielo teñido por oscuras acuarelas. Sobre el Guadalquivir adormecen estampas imborrables en la memoria de un Barrio que nace en las orillas que besan tu peana. Tres Caídas desde Pureza gritarán a Sevilla: “abre tus puertas Altozano que entre plegarias y celestiales melodías alcanzará el zaguán de tu mirada nuestra Virgen alfarera”.
Espérame despierto Altozano, hermano centinela, que volveré a casa muy temprano. La Cruz de Guía avanzará, surcando las entrañas del Puente y llevará a tu regazo el suspirado regreso de tu amada cofradía. El repicar de entusiastas campanas anunciará a Triana que pronto sus oídos percibirán el más sublime pregón destilado sobre el excelso atril de una canastilla. Los labios de mi Dios proclamarán la lírica más hiriente en la cercanía de la muerte preconizada en las astilladas caricias del madero y serán esos versos proclamados en el dulzor que aflora de una mirada quienes cicatricen las más abiertas heridas. Centurión a caballo abre el paso al compás en la proa y cirineo marca los redobles de tambores en la popa.
Abiertos balconcitos del Cielo, donde moran nuestros abuelos, en los añiles firmamentos, proclaman que bajo sus miradas, existe una misma Gloria a la que llaman Triana. Pasará la Esperanza al crepúsculo de la mañana, latirán los acelerados corazones al tenor de la más inalcanzable belleza y las almas se elevarán en rebosante admiración para quedar prendidas en los luceros de su cara.

¡Como atrapan esas redes soberanas en este mar de dulces lágrimas que como regueros conforman arroyos de fervor a uno y otro lado de las calles empedradas!. Volverás a ser, querido Altozano, maestro ceramista y alfarero que moldeará con sus manos, y de las arcillas, ese Barrio que a honor llamó un excelente pregonero “corazón de Sevilla”. No eres un sueño inalcanzable, eres tan real, como el anhelado Parasceve que entronizará tu sien al trasluz de las más espléndidas percepciones.
Tres semanas nos separan para desterrar de nuestras entrañas las profundas espinas que se nos clavaron en lo más hondo la pasada Madrugá. Tres semanas para abrazarte, como Tres Caídas hacen llorar a la vieja Cava y tres las veces que el Mudo de Santa Ana, llamará guapa a su Esperanza de Triana.

miércoles, 11 de enero de 2012

MÚSICO ETERNO DE SEVILLA


A LA MEMORIA DE CARLOS ORTIZ BAUTISTA: MÚSICO ETERNO DE SEVILLA.


No pares, querido músico de Sevilla, de hacer tañer tu tambor. Hoy el Cielo es más Cielo y tu Virgen del Sol reluce como nunca en su trono celeste. El eco de la estremecedora marcha “Santa Marta” que sonó en honor a Esteban, gran corneta de Sevilla y de la Banda de Cornetas y Tambores de Nuestra Sra. del Sol, resuena en nuestros corazones como imborrable reminiscencia de quien se entregó en cuerpo y alma, junto a sus compañeros, a la noble causa de la música procesional. Desposeídos de los cascos, envueltos en lágrimas y buscando en el azulado firmamento el sonido de una silenciosa corneta, despuntaban el más sentido homenaje a quien seguirá siendo parte de esta hermosa historia de amor a la mariana Ciudad de Sevilla.

Sin tiempo para encontrar suficiente consuelo por tan sentida ausencia y en los albores de un nuevo año bañado de sueños e ilusiones, nuestra querida formación musical, despide a otro de sus componentes. Carlos sigue el camino de Esteban hacia esa Sevilla que todos anhelamos alcanzar cuando el Divino Mentor de nuestra existencia nos llame a ocupar nuestro lugar en la eterna cofradía de la Gloria. Sonidos de Sol suenan en la inmortal Plaza tras el Cristo Varón de Dolores. Un único tambor y una sola corneta hacen de la música la más sutil plegaria. Avanza la Señora bañada de Sol envuelta en un manto de verde esperanza y bajo un palio de estrellas. Dichosamente queridos hermanos, habéis alcanzado el gozo que en la otra orilla nos espera.

Sabemos que no te has marchado, simplemente cambiaste de calle. Lloran tus hermanos músicos del Plantinar porque ya jamás volverán a verte desfilar. No acaban para nosotros los sonidos que brotaban de tu corazón y germinaban en tus manos a redoble de tambor. Quiero verte asomar al balcón de la Gloria el próximo Domingo de Ramos, y como siempre, descender esa rampa que llama a los sevillanos a soñar. Porque querido hermano de raíces y sentimientos, tú eres parte de ese sueño. El eco de tu huella retumbará en nuestros oídos en el estremecer de los tambores que preconizan el más ensalzado clasicismo sevillano.

Sabemos que no te has marchado, simplemente cambiaste de calle. Tu vida sigue en un lugar muy cercano a tu Sevilla del alma. Duermes entre nubes de incienso, ansioso por despertar a una nueva Cuaresma. El azahar naciente de marzo llamará como siempre a tu noble corazón y las puertas de tu casa se abrirán a la ilusión y a la esperanza que todo lo alcanza. No quiero buscar a sevillanos ilustres en los atriles más sonados, ni en la leyenda escrita con letras de bronce, quiero encontrarlos cada día a la intemperie, dejando sus manos sobre los cueros, percutiendo con palilleras o haciendo poesía del desgarrador son de una corneta.

Sabemos que no te has marchado, simplemente cambiaste de calle. Volveremos a verte con esa sonrisa perenne que se dibujaba en tu cara cuando a gala llevabas el uniforme de la Banda de tu Cristo Varón de Dolores. Tu Hermandad obró el milagro en Sábado de destemplanzas y plúmbeos presagios para al fin alcanzar el goce catedralicio la pasada Semana Santa. Ahora te toca a ti, hermano cofrade, mostrarnos el camino que lleva a esa otra Semana Santa, la que lejos de morir en siete días, se eterniza en las soleadas callejuelas del Cielo.


Fotografía: Blog Sol y Costal
Texto: Jordi de Triana


sábado, 31 de diciembre de 2011

DOS BESOS EN TU SAGRADO TALÓN, MI SEÑOR

          

DOS BESOS EN TU SAGRADO TALÓN, MI SEÑOR

Embargado por la emoción de mi última visita al Gran Poder en este difícil 2011 os dejo la imagen que a bien representa la universal devoción al Señor. En esta ocasión, espero me perdonen mis hermanos, no trasladaré mi testimonio a la palabra. Difícilmente podría transcribir lo que he sentido cuando mirada al Señor en la altitud de su Reino de San Lorenzo. He besado por dos veces el Sagrado Talón del Gran Poder. He plasmado mi beso y otro en remembranza de mis hermanos en la memoria, de los que sufren una enfermedad, de los que la carga del peso de los años les impide caminar hacia la Basílica y por último de quienes viven lejos del corazón de Sevilla, aunque su amor al Señor los transporta cada instante a la inmortal Plaza.

He pedido por todos, por mí no tengo acostumbrado pedir, pues al estar tan próximo a Él, todo lo tengo y nada me falta. Al sentir su aliento sufro la bendita amnesia del olvido de todo lo malo que pudo pasarme. Este viernes ha sido especial, el Templo volvió a verse desbordado por la incesante riada de fieles que cincelaron moldeado fervor sobre los fríos mármoles. Se sucedieron escenas de autenticidad en el imperceptible diálogo de las miradas en los pocos instantes que los fieles permanecían junto a Dios. Aproveché un mínimo respiro para situarme justo detrás de mi Señor para rezar un Padrenuestro por todos mis hermanos y devotos del Gran Poder, cuando de repente pude oír la voz del celebrante y las primeras palabras de la oración que Jesús nos enseñó. Me uní en la plegaria a los fieles, sediento de espiritualidad y fortalecido por el Amor de los amores.

Tenéis delante de vosotros una imagen de este mediodía que recoge el portentoso Talón del Gran Poder justo después de ese beso que quise forjar por todos vosotros. Os pido que lo miréis con los ojos de la fe y que vuestros corazones alcancen el final de la excelsa escalera. Los besos del alma nos elevan hacia el Señor de Sevilla y nos hacen sentir el gozoso tacto con la Divina Madera.


viernes, 30 de diciembre de 2011

ÚLTIMO VIERNES DEL GRAN PODER - AÑO 2011 -



ÚLTIMO VIERNES DEL GRAN PODER - AÑO 2011 -

Me apresuro, mi Señor, a repetir el ritual de cada viernes del año. Será un momento especial y que quiero vivir en íntima soledad con el Dios de la Ciudad. Ha sido un año difícil, en el que se marcharon a poblar la eterna Plaza seres muy queridos. Se inicia para los devotos del Gran Poder una nueva era, vertebrada en torno al Señor y buscando siempre el horizonte del anhelado Parasceve de la santa Madrugá. Asumidos quedaremos en el insomnio que envuelve el permanente plenilunio que nos acompañará hasta alcanzar el momento cumbre: la apertura de las puertas del Templo para dar paso a la Cruz de los atributos pasionales que preceden la zancada del Que Todo lo Puede.

Difícilmente podré retener las lágrimas en mis ojos o articular palabra ante el Prodigio de los tiempos, pero indudablemente no desobedeceré al corazón que me pide insistentemente subir los peldaños que llegan al Cielo para besar la reliquia descalzada enquistada por los besos que acarician la más sutil textura. Algunos de nuestros hermanos, tantas veces, arrodillados ante Él, tomaron otro rumbo para alcanzar un mismo fin. El tiempo ha transcurrido a gran celeridad desde aquella negra Madrugá de truenos y lluvia, en la cual nuestros sueños perecieron antes de ver plasmado sobre el empedrado el desenlace más deseado.

Los vacíos de la Plaza al partir de los desolados devotos y los desgarradores silencios en el interior de la Basílica arremetieron con crueldad sobre nosotros. Bastaban las miradas apenadas, las lágrimas y la quietud para comprender que el Señor se quedaría en el Templo. No así su alargada huella que se proyectaría sobre todo la Ciudad atravesándola de costado a costado. Percibimos angustiados los silencios de Dios que nos asolan cuando el dolor nos embarga. El Señor disipa toda duda y vuelve a ofrecernos sus manos como mayor consuelo.

Realmente merece la pena la espera, algo más de 90 noches nos separan de un nuevo sueño. Los armarios contienen nuestro gran tesoro. La túnica de ruán espera ocupar su lugar, como nuestra segunda piel, en el momento oportuno en el que formaremos parte de la cofradía de los hermanos y devotos del Gran Poder. Los relojes de arena comenzarán a desgranarse lentamente sobre la superficie del continente, esparciendo su contenido desde la hora cero del nuevo año hasta llegar a la cima del Jueves Santo. Hablaremos de un antes y un después a partir de ese instante.


Jordi de Triana

sábado, 24 de diciembre de 2011

Nacerá en Triana


NACERÁ EN TRIANA
Las calimas del atardecer reposan su velo color cenizas desde Castilla hasta el Altozano. Se palpa el cercano milagro de la Luz en las orillas de la Zapata y relucen los candeleros en el Puerto Camaronero. Las horas se precipitan lentamente reposadas sobre el reloj de arena que pende desde el trianero Templete del Cielo. El Niño Manué retoñará en nuestros corazones como aterciopelada caricia de salvación. Su pequeña luz se encenderá de Madrugada y nuestros espíritus quedarán fortalecidos ante su misericordia. Desterramos de nosotros las pesadumbres que nos embargan y clamamos profundos cánticos y sentidas oraciones al Cielo, al tiempo que el ave peregrina de nuestras añoranzas retomará el vuelo, que a pasos decididos nos llevará hasta la anhelada Madrugá de nuestros sueños.

Celebraremos su llegada a este Mundo en la Misa del Gallo, instantes después de haber compartido con nuestros seres queridos la cena más especial del año. Notaremos los vacíos a uno y otro lado de la mesa. Las remembranzas nos llevarán a ocupar cada uno de esos asientos de recuerdos y vivencias. Soñaremos despiertos para encontrar respuesta a las ausencias en nuestra Madre marinera. No murieron nuestros seres queridos, simplemente tomaron otro camino bajo la aureola de una misma Esperanza, la Madre buena que los acuna en su regazo y sus imborrables rostros encontramos en el atardecer trianero cuando retoma la senda de nuestro Barrio tras haber conquistado el corazón roto de Sevilla.

Arrorró la abuela Señá Santa Ana acunará a su nietecito entre los brazos al calor del cisco de la Plazuela, los angelitos dormidos de la Cava despertarán de su leve sueño al son de las zambombas y los repiques sigilosos de las campanas de San Jacinto anunciarán la buena nueva. Dios está con nosotros y llega a nuestro Barrio como ancla de redención. En sus ojitos, luceros del alba, reposan nuestros sueños y anida la Esperanza que nunca nos falta. El Niño se hará hombre entre fraguas, alfarerías y cerámicas. En su destino está escrito que por tres veces caerá en el sendero y que tres veces levantará para mostrarnos el camino.

Laten acelerados los corazones trianeros, enamorados de una mirada, dulce embelezo que como imán nos atrae en la blancura almidonada de las saladas paredes prendidas de cal que envuelven a la Capilla de los Marineros. Emanuel apura sus últimos instantes adormecido en el seno maternal de la Virgen. La noche opaca de la Nochebuena se hará luz en el Puente, las barcas de antaño alumbrarán con sus faroles al Rey de Reyes y las almas inmortalizadas se asomarán a las temblorosas barandas que miran al viejo Guadalquivir para cantar a la Virgen conmovedoras alabanzas “Dios te salve dulce María, Señora de Triana y Reina de los Cielos, hoy en Ti nacerá nuestro Mesías y gozosos alcanzaremos nuestros anhelos”.

Será una noche de luces y sombras. Muchos de nuestros hermanos sufrirán la soledad de las ausencias, el vacío de la amistad o incluso no tendrán un techo donde refugiarse. Su única riqueza es la pobreza que tan generosamente no dudan en compartir con quienes tienen a bien dirigirles una palabra o una mínima sonrisa. Esta noche no debemos olvidarlos. En su sufrimiento y en la tristeza de sus miradas se refleja el verdadero rostro de Nuestro Cristo Caído. Nuestras oraciones deben ir acompañadas de actos de generosidad, en otro caso quedarán vanas de contenido.


Felices Fiestas.

EL QUE ESTÁ POR NACER


                              EL QUE ESTÁ POR NACER
 
Como el recóndito Miserere entonado por voces penetrantes de monjes ocultos bajo el soterramiento lapidario del pasado, puedo oír angustiosas plegarias que imploran piedad al estremecedor alud de los mármoles basilicales. La sequedad de nuestra existencia recobra el ansiado aliento al beber del manantial inacabable de fervientes aguas que brotan de los labios del Señor. La tenebrosa oscuridad del temor a lo oculto trasciende de la milagrosa madera para aflorar en nuestro interior y fortalecernos confiadamente en el Que Todo lo Puede. Un nuevo viernes nos despojamos del rutinario transitar de la existencia para experimentar el gozo temprano del Adviento que clama como rumor entre cálices y la luz de la inminente Pascua, la venida del Dios eterno que se proyecta desde la Plaza a toda la Ciudad.

Desvanecidos en el esfuerzo y ávidos en la esperanza, al divisar el último tramo de la vía que nos lleva hasta el absorbente firmamento del encarnado Mentor de todo lo creado, nuestros cuerpos se elevan contemplativamente, sustrayéndose de lo intrascendente y palpando milagrosamente la intangibilidad del alma y la palpable realidad de la belleza más excelsa. Nos postramos ante el Dios que nos hace recobrar la paz ante la tormentosa cotidianeidad que nos envuelve amargamente cada instante y alzamos la vista para buscar en los pies descalzados del Señor la primera zancada que nos devuelva a recobrar la estela de la Luz. El Gran Poder surca los recónditos retiros de nuestra íntima morada anunciándonos la buena nueva de su cercana presencia, que emerge como compasiva caricia de Salvación.

En la profundidad de la mirada encontramos motivos sustanciales para aferrarnos al Credo cierto de nuestra fe. La atroz traviesa que oprime el hombro del Gran Poder le hace perder fuerzas, pero en ningún momento logra hacerlo desfallecer. Vencerá nuestro Señor y alzará sus manos sobre el indefinible Universo que trazó como prueba irrebatible del mayor Poder e Imperio cimentados.

Contemplamos el pulcro Belén de la Parroquia del Santo Mártir y buscamos en el pesebre la reminiscencia del “Que Está por Nacer” para hacernos recobrar el pulso acelerado de nuestros corazones y buscar líricos Parasceves. Anidarán los vencejos que despertarán al Niño Grande de La Ciudad del primer sueño y claudicaremos ante la dulzura que prenderá de su Rostro. Las imperceptibles manijas del tiempo se eternizan impasibles ante la inmutable verdad de Dios que sella nuestras horas. El Alfa del entronado Mesías nos infundirá el espíritu de Dios, que se hará Hombre abrazándose al Leño Redentor y nos mostrará el camino de las certezas absolutas en la Omega, al alba de la Resurrección.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

BAJO EL CIELO DE TU MIRADA


                         BAJO EL CIELO DE TU MIRADA

Como era de prever, Sevilla acudió al reclamo de la Esperanza Macarena. Un año más descendió la Señora del Camarín, entre líricas alabanzas y glorificada por los cánticos de los jubilosos ángeles del Cielo macareno. Viejas estampas de San Gil renacían en la remembranza de los tiempos. Los naranjos arrullados bajo las sombrías campanas de la vieja Parroquia despuntaban figurados ramilletes de azahar al tiempo que una nubecilla de incienso aireaba un embriagador perfume desde el interior del Templo. El Arco de los sueños nos transportaba a noches de insomnio al relente de los albores de la anhelada primavera. Las arterias subyacentes al más profundo sentimiento macareno confluían vertebradas al punto álgido del corazón de la devoción del Barrio. Se destapaba el tarro de las esencias, esparciendo sutiles fragancias y aromas sempiternos, que se plantaban en los frondosos jardines del alma. Como afluentes del más caudaloso río convergían los fieles al anhelado Mar de pasiones encendidas en los ojos de la Spes Nostra.

Latían los corazones a ritmo acelerado, contenida permanecía la respiración y desgarrador replicaba el grito apasionado del silencio entre los nebulosos resquicios de siglos de pisadas. El Cielo macareno abría las puertas que apuntan al Gozo. Tomados de la mano de los recuerdos y envueltos en nubes de plegarias de eternas Madrugadas, los devotos de la Virgen aderezaban sus afligidos cuerpos para tomar hospedaje en la antesala de la Gloria. A cada paso sobre los gélidos mármoles, que desde el Atrio, antesala del prodigio, llegan hasta el egregio Atril de la más sublime belleza, se acrecentaba el hiriente palpitar interior de los privilegiados fieles de la Señora. Como herederos, de los elegidos predios del verde Paraíso, tomaban posesión de sus parceladas haciendas del Goce.

Miles de sevillanos contorneaban embelesados los bancos de la Basílica para al fin alcanzar el Altar de la excelentísima Gracia. No besaban únicamente los labios sedientos, ávidos de beber de las aguas del manantial de hermosura destilado por la Esperanza Macarena, lo hacían las miradas que como un clamor se concentraban en la venerada Señora de Sevilla. Entreverados los piropos que ensalzan las virtudes de la Esperanza y las lágrimas que fluían por los rojizos ojos que buscaban en Ella la indeleble huella de quienes descansaron para siempre reposados en su maternal regazo, las notas de fina pedrería plasmadas en los pentagramas por el maestro Pedro Morales y los desgarradores profundos sonidos de la marcha de Cebrián, afloraban como vestigios del ayer, ahondando en las heridas entrañas de quienes encuentran en la Esperanza el consistente puente que los lleva a alcanzar al Señor de la Sentencia.

En desgarrador paralelismo, los labios cautivos de los enfermos soterrados en las celdas de crueles enfermedades, derribaban los muros infranqueables de la distancia material para alcanzar a las manos de la Macarena. No existen distancias ni barreras ante el desborde de sincera devoción del pueblo de Sevilla. Allí donde mora el dolor anida la Esperanza. Sobre las lápidas de los cementerios están escritos los nombres de quienes se forjaron en el amor a la Virgen. Ellos habitan las resplandecientes callejas del Cielo, y al tiempo, ocupan un lugar de privilegio en el corazón de quienes buscamos en la Reina de nuestras vidas un atisbo de luz que borre de nosotros la amarga reminiscencia del adiós.

Al fin la Esperanza Macarena es un caudal de hermosura, siempre asomada al balcón de Sevilla, que tiende sus manos al Pueblo, que espera en Ella el incesante milagro del encuentro. Nuestras alabanzas tornan en parabienes que acrecientan nuestra fe y fortalecen los consistentes cimientos de una devoción universal que trasciende de lo físico a lo mental y espiritual. Nacemos acunados bajo el regazo de Tu manto, soñamos con perennes madrugadas para despertar ante el rojo palio que adormece Tu belleza inmaculada y morimos bajo Tu Cielo para vivir en Tu mirada.

Fotografía: Luis Manuel Jiménez
Texto: Jordi de Triana

viernes, 16 de diciembre de 2011

Y EN DICIEMBRE: LA ESPERANZA


Y en Diciembre: La Esperanza

La pureza de María es proclamada entre aireadas campanas que vuelan presurosas sobre azoteas y plazuelas. Gozos de la Cava pregonan a su blanca Inmaculada entre primorosos trazos y sublimes perspectivas. Tras la Torre de Santa Ana, asoma la más excelsa belleza humana conocida, en admirable contemplación divina. Bajo la espadaña de Pureza enmarcados están los versos que mejor alaban a María. Las estrofas están escritas en la hermosura que la Reina de nuestras vidas va destilando por doquier. “Altozano centinela, abre tus puertas a Sevilla, que cercanos están los días, que esperamos bien despiertos, asomados al zaguán de los recuerdos, para no dejarlos morir entre las oscuras cortinas de la melancolía”.

Las añoranzas retoman su camino descalzadas de amarguras y aferradas a las bondades de nuestro palpitante pasado. Imborrables son las huellas de quienes nos entregaron el más firme legado. Seguiremos vuestros pasos con firmeza y sin desdeño. Vuestros nombres están escritos en el interior de sutiles vasijas y en los barnices que consolidan la mejor madera. Con orgullo entonamos vuestro canto, y plegarias por bandera, para decirle a Sevilla, no mueren los trianeros porque viven para siempre asomados al balcón de su Esperanza.

No existen muros infranqueables para nuestra Madre. Su amor es una puerta abierta a un futuro rebosante de vida. Noviembre es un oscuro túnel que nos devuelve al pasado y a retomar con mayor consistencia la senda del camino junto a nuestros seres queridos moradores de la Gloria. En Diciembre proclamamos el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Una fiesta que ensalza a nuestra Madre y que predica en la Santísima Virgen la virtud frente a la ausencia de pecado. Encontramos verdadero sentido al sacrificio de Jesús y a la Redención que nos libera de las sogas de la más absoluta imperfección humana. Expectantes con María esperamos anhelantes la llegada del Mesías.

La Madre de nuestro Santísimo Cristo de las Tres Caídas es portadora de la esperanza teologal que nos fortalece ante la dificultad y nos abre los ojos ante la predicada Resurrección de Jesús. La piedra angular de nuestra fe toma consistencia ejemplarizante en la figura de María. Llenamos nuestros labios de piropos y parabienes para Ella, y entre todos, nos emociona especialmente, pronunciar tan musical como concluyente nombre: Esperanza de Triana.

Quiero apresurarme al pórtico de mi Triana y sentir tus caricias como anhelos que alcanzamos en desvelos. Tu mirada es el puerto navegante entre olas de amor donde anclamos nuestros sueños. Entre brisas de bonanza bordeamos rumbo cierto. Nuestras vidas pasajeras fondearemos en orillas de tu Mar sereno. Atrás quedan las quimeras. Son tan reales tus destellos, que cegados quedamos al aprehenderlos en tus ojos. Bajarás del Atril de la Capilla de Los Marineros hacia la alfombra que pisamos como errantes prisioneros desterrados en la cárcel de tu amor. “Carcelero libérame de estas rejas que quiero ser su costalero para llevarla a ese Cielo que pregonaron sus anhelados hijos trianeros”.

Pronto volveré a sentirte tan cercana que creeré encontrarme ante un nuevo milagro de tu Hijo. Tan próxima presencia poblará mi corazón de sinceros sentimientos y elevará mi alma en mística levitación. Viejos aromas de San Jacinto y Santa Ana, entre luces, candeleros, tapices y lámparas recrearán inmemorables pasajes impresos en los anales de nuestra Hermandad. Un derroche de luz y el mejor marco contextual posible encuadrarán las líneas perfectas de nuestra Virgen marinera. Reposará su vuelo sobre el viejo árbol del Templo dominico el ave peregrina del ayer y nuevas trazas se dibujarán sobre la Calle Larga del Viejo Arrabal. Entre nanas de Señá Santa Ana al pasar por la Plazuela ahondaremos en el corazón de Triana para avisar entre brisas de Guadalquivir nuestro faro, luz y guía: Esperanza de Triana.


A nuestros hermanos en la memoria que durmieron en la paz de nuestro Santísimo Cristo de las Tres Caídas y Nuestra Señora de la Esperanza de Triana.

ENTRE ÁNGELES DEL CIELO


ENTRE ÁNGELES DEL CIELO


Muy vivos los ecos de la celebración de la Inmaculada Concepción de María, festividad de profundo arraigo en nuestra Ciudad, nos disponemos a elogiar la Expectación del parto de la Santísima Virgen María. En el vientre de la Señora de Sevilla late un pequeño corazón rebosante de amor que prenderá como llama en el interior de sus fieles hijos macarenos. Resplandecerán sus ojos como luceros y en la profundidad de su divina existencia estará marcada la más injusta Sentencia. Abnegadamente, nuestro Señor, aceptará los mandatos del Padre, entregará su vida para redimirnos de las tachas que nublan nuestros senderos y seremos nosotros quienes con nuestro fervor apartaremos espinas y hojarascas de su perenne transitar por las callejuelas de nuestras esencias.

Ávidos de la cercana presencia de nuestra Madre de los Cielos y de sus terrenales caricias, disponemos nuestros corazones para vivir grandes emociones. Un sin fin de acontecimientos se irán sucediendo y los verdaderos sentimientos macarenos comenzarán a desgranarse por las calles del viejo Arrabal y como casi imperceptible rumor de fresca brisa se irá esparciendo por toda la Urbe.

Buscaremos en unos ojos luminosos y en la profundidad de una mirada, certeras respuestas a nuestras incertidumbres existenciales. Su manto matiz celeste Cielo, huella irrefutable de la Tota Pulchra Virgen María, es la patina externa que transluce la curtida blancura que germina en el talle de la más sublime Flor. Pronto la hallaremos ataviada con un manto del color de ese otro Cielo que cada Madrugá de Sevilla se perfila en los aterciopelados lienzos que envuelven al Parasceve.

Sonarán maitines en el pardo firmamento y Madre Angelita asomará a una ventanita para anunciar la buena nueva a sus niñas meditantes en el Coro del Convento "asomad queridas hijas mías que a punto está de bajar la Madre Superiora del camarín del Gozo".

Descenderá custodiada por ángeles y la musicalidad de los cánticos, plegarias, y oraciones que clamarán ante el milagro de la cercanía. Las lágrimas inundarán los gélidos mármoles de la Basílica y los eternos macarenos despertarán para asomarse a la cancela custodiada por el gran macareno Abelardo, portador de las llaves del portalón que los devuelve cada momento a su Esperanza.

Miles de fieles acudirán embelezados, conformando auténticas mareas humanas, ávidos de beber de la inagotable fuente de la gracia y del hiriente manantial de pena que mana por sus rosáceas mejillas y que como crisol cristalino cala en lo más hondo anidando en el alma. La indescriptible belleza de la perfección divina bajo hechuras de mujer prende bajo la espadaña que anuncia orgullosa “aquí vive la Esperanza”. Besar sus sagradas manos ofrecidas en señal de amor a Sevilla es como alcanzar las bienaventuranzas del Cielo en vida.

Buscamos calificativos que merezcan ser esparcidos entre versos o acunados en la incuestionable prosa que pregona su nombre a cada instante, pero volvemos a descubrir que existe un único Atril al que asoma su mirada y que sus labios son el Templo de la voz. No existe más hermoso pregón que el escuchan nuestros oídos al traspasar el umbral Celeste del Atrio Macareno. Bendito Arco, Puerta del Cielo, que abre sus brazos a nuestros sueños y nos hace traspasar como flecha de inmortal herida los costados de la más firme devoción mariana.

Fotografía: Luis Manuel Jiménez
Texto: Jordi de Triana

miércoles, 30 de noviembre de 2011

A TU MEMORIA


A Tu Memoria
(a mi suegro Manuel Ortiz Ojeda)

Embargado por la tristeza y abrumado por las añoranzas, me envuelvo en unas torpes, pero sentidas líneas, para mostrar mi gratitud hacia un gran ser humano. Han sido muchos años de convivencia y amistad. Sin lugar a dudas hago referencia al mejor abuelo que la vida pudo ubicar en el camino de mis niñas: Sara y Myriam, el mejor padre para mi mujer: Pilar, y por supuesto, el mejor suegro para mí. A lo largo de sus años de existencia fue fiel a sus principios, leal a los suyos, abnegado en el esfuerzo y desprendido con quien requirió su ayuda. Nacido en la calle Pureza transcurrido el primer tercio del siglo pasado, vivió toda su vida anclado a su Barrio de Triana. Dignificaba con sus actos el generoso legado de sus padres Manuel y Rosario, que hasta hace pocos días lo esperaban en el Cielo. Precisamente en los últimos instantes, cuando llamaba al umbral del reencuentro, no paraba de nombrarlos, del mismo modo que a su hermano Francisco. La oscura guadaña de la muerte sesgó de raíz sus sueños. Las añoranzas lo transportaban cada instante a Moguer de la Frontera y a las maternales caricias adormecidas frente al mar. El inalcanzable anhelo de los mortales es milagro alcanzable para quienes elevan el alma hacia el glorioso Templete Celeste. Sus padres y su hermano Francisco le recibieron en el zaguán de su casa de la eterna Calle Pureza con la mejor sonrisa.

La separación física de Manuel supone un punto de inflexión en el devenir de quienes a bien recogimos los buenos frutos de su generosidad. Queda un lugar desocupado en nuestra mesa de celebración en las venideras fiestas navideñas y baldías habitaciones en su trianera morada, pero ante todo quedan despoblados nuestros corazones de su cercana presencia. La próxima Madrugá será distinta para todos nosotros. Nos faltarán sus lágrimas en la Cava de los Gitanos a la llegada del Señor de las Tres Caídas, nos faltará su sonrisa al ver a su nieta Sara aparecer junto a la Cruz de Guía de nuestra Hermandad repartiendo estampitas y caramelos. Será grande el vacío que sentiremos en nuestro interior, o tal vez, volveremos a verte como siempre cuando miremos a la Esperanza de Triana. Su recuerdo queda plasmado en sus vivencias de niño en la Calle Larga de Triana, en el Altozano de su alma, perdido por las estrecheces de Fabié o Valladares junto a su hermano Vicente, correteando por la Zapata junto al Guadalquivir o paseando por el Puerto Camaronero ante la mirada de su hermana Demetria. Bajo Triana late un corazón grande de cerámica y cincelados en sus adentros quedan esculpidos a fuego los nombres de tantos trianeros buenos. Sus nombres están escritos en letras pequeñas o no aparecen en los anales impresos de su Historia, aunque sin lugar a dudas son los grandes forjadores de su Leyenda. El niño educado en los Salesianos de Triana, creció apegado al Barrio y fue portador de sus más nobles esencias, llevando su nombre a honor y por bandera.

Quiero rescatar en Tu mirada, Señor mío de las Tres Caídas, a tu hijo Manuel, el cual destiló bondad y generosidad cada día de su vida y llevó siempre impreso en sus labios el nombre de su Barrio. La muerte parece un muro infranqueable para quienes lloran por la ausencia del ser querido. Eres Tú bondadoso Protector nuestro, quien derriba con amor todo obstáculo que aparece en nuestro camino. Como Tú, Manuel llevó sobre sus hombros el cruel peso de una Cruz y como Tú venció a la muerte alzando su mirada hacia un trocito de Cielo bautizado por los ángeles buenos de la vieja Cava como Triana. La vida sigue, aunque salpicada por el amargor del adiós, para quienes lloramos por tu ausencia. Queremos ocupar con tantos buenos recuerdos el enorme vacío que dejaste en nuestras vidas. Lejos de reprochar a nuestro Señor la marcha de Manuel, le damos las gracias con toda la fuerza de nuestros corazones. La llegada de un ser tan especial a nuestras vidas únicamente pudo ser obra de nuestro Señor. Creemos en la fuerza del destino y de la Divina Providencia de Dios. Profesamos fe incondicional a ese inquebrantable Destino que por Tres Veces topó con el empedrado sendero en nuestro Barrio de Triana en la Santa Madrugá de los sueños. La muerte llega como liberación ante tanta angustia. El dolor empezaba a ser demasiado cruel para él. Su familia con entereza ha asumido que llegó la hora de la efímera despedida. Dios puso sus manos sobre el corazón de su hijo y lo llamó al Paraíso prometido.


Abrigados por el manto protector de la Esperanza de Triana pretendemos aferrarnos a la certera virtud teologal que envuelve su hermoso nombre. No caeremos en el más absoluto desánimo y en la cegadora tristeza, ni buscaremos palabras imposibles que supongan un mínimo consuelo por tan irreparable pérdida. Buscaremos ciertas respuestas en Dios, nos esforzaremos en seguir el legado de amor de Manuel junto al gran amor que encontró en su camino, su mujer Concepción, y la mejor herencia en sus hijos Manuel, Pilar e Inmaculada, quienes fueron los mejores cirineos en los momentos que la cruel enfermedad hizo quebrar a su desgastada humanidad. Educaremos a sus nietos Ainoa, Sara, Javier y Myriam en el recuerdo del abuelo que no cesó en el empeño de lograr la mayor felicidad para ellos.

Te has marchado dándonos una lección de bondad, luchando con todas tus fuerzas en conservar el don más preciado. Podemos pensar que el último esfuerzo resultó estéril. Aprehendidos en tal suposición nunca caminaríamos más alejados de la senda de la realidad. El valor destilado por Manuel los últimos meses de su vida queda como innegable reminiscencia del hombre que no cesó en el empeño a la hora de alcanzar sus propósitos, y ante todo, queda como imborrable huella a seguir por quienes luchan y lucharán en el futuro frente al mismo mal que lo aquejó. Para muchos enfermos tu ejemplo y tu prestación a la ciencia médica en la búsqueda del remedio más eficaz en la lucha contra el cáncer supondrá la curación, o al menos, más llevadero el camino hacia la despedida.

Espero que estés oteando estos surcos entre tintados sentimientos asomado al pretil de la Triana de ensueño. Lágrimas esparcidas junto a las temblorosas barandas de nuestros sentimientos recorren como ríos las calles del viejo Arrabal sevillano y toda música que acompañe desde hoy a sus bien queridas dolorosas nos sonarán a compases fúnebres de Font de Anta, a las profundas notas de Cebrián o a los desgarradores pentagramas plasmados por el maestro Gómez-Zarzuela. Tañen enlutadas las campanas en San Jacinto y replican apenadas sus hermanas del Templo Grande de Santa Ana, enmudece el murmullo de la brisa del herido Río y oscurece Triana oculta entre las sombrías cortinas cartujanas. Desaparece en el horizonte envuelto en brumas la cornisa aljarafeña de Gines y Aznalcóllar encubre el son acompasado del discurrir de sus arroyos. Llora Triana buscando entre lejanas estrellas la sonrisa de su niño salesiano que triste noche de noviembre se marchó a vivir la vieja Triana allí donde anidan las quimeras que se hacen realidad junto a la inmortal Plazuela.


Fotografías: Luis Manuel Jiménez
Texto: Jordi de Triana Fundacec

domingo, 27 de noviembre de 2011

PRELUDIO DE RUÁN Y ESPERANZA


Bajo las opacas bambalinas de la eterna Madrugá de Sevilla y al trasluz del Parasceve renacen certeros augurios del prodigio de los tiempos. Se acelera el ritmo de la Ciudad bajo la aureola del cercano milagro. La noche de los más sublimes contrastes renace en el ocaso de un espléndido Jueves Santo. La Virgen del Valle y los conmovedores sonidos que acompañan a su inconsolable llanto nos transportan al pasado. La Sevilla imperecedera retoma su pulso vital en el culmen de la primavera.

Transcurren el tiempo y el paso de los sevillanos, no obstante queda la esencia. Se repite año tras año una misma Historia, y no por ello, deja de sorprendernos. La Giralda, vieja centinela, asomada al ventanal que alza al Cielo sevillano pregona piropos que mueren a orillas del escarchado Guadalquivir. Los más hirientes silencios penetrantes se clavan en la inmortalidad del alma. La niña adormecida en el regazo de la maternal Sevilla está a punto de despertar del sueño profundo del preludio. El Dios del milagro, que nos resguarda ante la adversidad cotidiana, alargará su zancada poderosa sobre cada palmo de la Ciudad.

Estremece el gentío ante el rufar de destemplados tambores macarenos que hacen tambalearse a los sólidos cimientos de la vieja Híspalis. Pertrechados de corazas de amor y escudos de fe apresuran las legiones del Imperio del Atrio. Reguero de plumas al viento y decididas pisadas entre costeados vaivenes acarician los alfombrados senderos del Gólgota sevillano. La invicta Centuria Romana inicia el camino de la pacífica reconquista del corazón de Sevilla.

Enmudece la Plaza partiendo el alma de la Ciudad en dos mitades simétricas. Lúcidos ruanes de la nostalgia entre copas anidadas de vencejos asoman al zaguán de la memoria. Trémulas callejuelas entreveradas de morados y verdes alzados terciopelos fluyen hacia el anhelado Paraíso macareno.


Hirientes escalofríos bajo los baldíos balcones del pasado, temblorosas manos descansadas sobre el pretil del último sueño y suspiros que pueblan el ánima. Esencias de pura sevillanía destilan por doquier por San Lorenzo y San Gil.

Duelen las ausencias, inquieta el silencio desgarrador de la enmudecida muchedumbre, ciega el destello de los candiles y ensordece el murmuro de la brisa que susurra a la cercana arboleda.

Huelgan las palabras, afloran los sentimientos y la eterna Ciudad alcanza su mayoría de edad ante la mirada del Gran Poder de Dios. Se paralizan los corazones y la arena del tiempo comienza a vertebrar las primeras cuentas de una nueva era.

Emerge de sus raíces el más profundo sentimiento macareno. 365 días de amor a la Esperanza y una única Madrugá de reencuentros con quienes fueron y seguirán siendo parte de nuestras vidas. Los devotos del Señor descalzan sus pies para acariciar los gélidos mármoles de la fervorosa admiración. Chirrían los portalones al tañido de campanas y comienzan a desgranarse emociones ante siglos de miradas. Todo acontece a la hora esperada y en lugar exacto, Sevilla siempre Sevilla, a los pies del Gran Poder y la Esperanza.



Fotografías: Enrique Ayllón González
Texto: Jordi de Triana Fundacec

viernes, 21 de octubre de 2011

CRISTO HA MUERTO EN EL BARATILLO


CRISTO HA MUERTO EN EL BARATILLO




A Pedro Dormido

Asoma la tarde de Miércoles Santo en el Arenal Torero. Las brisas del Guadalquivir acarician entre tapices de encaje y espumas de viejo Río su cara aterciopelada de niña guapa. Perfumes de jazmín y aromas de azahar peinan sus dulces cabellos de alma marinera.

Los labios de la nostalgia pregonan poesías en el recuerdo. Asoman al balcón del eterno Arenal cuadrillas de costaleros en la memoria atentos a la llamada de arrugadas manos de capataces que a pesar de haber marchardo siguen estando muy presentes. Guardan silencio los tendidos maestrantes y suenan mudos clarines entre agitados pañuelos.

Túnicas nazarenas y pies descalzos sobre la arena del Coso Baratillero, lances de Muerte en un Lirio que va dormido en los brazos de una Rosa y rejones hirientes que atraviesan el alma de un Barrio torero, van pregonando suspiros del Arenal entre compases de roncas guitarras asomadas a las cornisas de la Giralda.

La suerte está echada. Verónicas y volapiés de pasiones, ecos lejanos de torería y pases profundos al pecho de la pena que embarga a la más tierna Azucena, Caridad de mis entrañas. Parejas azuladas van cincelado molduras devocionales entre los angostos empedrados, sueños anidan en las ventanas entornadas que dejan entrever los primeros suspiros de saetas prisioneras entre barrotes de rotas gargantas.

Misericordia y Piedad visten de luto el Cielo a la otra orilla del Río. Languidece el torso moreno de mi Cristo vencido a la Muerte que reposa inerte en el Regazo de la Madre que llora sin consuelo. “Llama con temple capataz ¿no ves que va dormido? “Más despacio costaleros, al son de cornetas y tambores y abriendo el compás al murmullo de atriles y pentagramas”.

Claveles color sangre a los pies del Señor, puñales penetrantes en el pecho de la Virgen y una sinfonía de sueños que yacen en la compasión de una mirada conforman enternecedor Misterio.

¿Fueron los pinceles de Murillo, los compases de Turina o las rimas de Bécquer quienes recrearon la más hermosísima sinfonía visual, poética y sonora que aflora como lienzos, estrofas o pentagramas de excelsa elegancia tallados sobre la cal del Museo baratillero?

Una enlutada abuela con sus ojos envueltos en lágrimas va pregonando por estrecheces y callejuelas “Cristo ha muerto en el Baratillo”, “lo traen a la Catedral por Adriano”, “silencio que no despierte, Sevilla está de luto, puedo escuchar sus silencios maestrantes”.

“No es la Muerte el fin que persigues, Tu semblante lo dice todo Padre Mío, cercano está tu desplante y la vuelta a la vida”. Languidece el torso desnudo del Señor envuelto entre las sábanas de las calimas del atardecer y reposa su abnegada humanidad en paz sobre el cuerpo de la Piadosa Madre.

“Es tu paso un barco que navega al compás de olas pasajeras en búsqueda de un profundo Mar color celeste. A ese que iremos todos para volver a estar Contigo”.

Viene la Caridad por el Postigo, filigrana entre varales de plata, molde de porcelana y pasiones encendías. Se marchará su palio al compás de la música, se marchitarán las flores, se consumirá la cera y Sevilla quedará rendida a sus encantos.

¡Oh apenada Soledad que acompañas tu dolor con amargas lágrimas cristalinas! ¡oh cruel tempestad que embargas la calma en nuestra sosegada orilla! ¡Oh Caridad que me estremeces asomada entre cimbreadas bambalinas! ¡Oh cruel puñal que atraviesas impiadoso su delicado pecho!

¡Oh giraldillas saetas que brotáis de trovadores del ayer! ¡Oh notas etéreas que rebosáis delicada musicalidad! ¡Oh espíritu del recuerdo que tornáis al anochecer! ¡Oh hermosas Rosas Baratilleras que perfumáis al inerte Lirio marchitado por Amor! ¡Oh Misericordia Divina que dignificáis la muerte en el madero! ¡Oh anhelado pasado que volvéis a ser carne del presente! ¡Oh Ciudad de mi alma que arrojáis en mis manos la más dulce Primavera!

Quiero ser toda mi vida niño baratillero para llevar en mi pecho dos rosas esculpidas y sentir en mi corazón el flechazo del Dios de la Misericordia. “Déjame llevar en mis manos un cirial para mostrar luz sobre Tu Luz y permíteme dormir tu sueño rebosante de vida, cuando el Capataz Eterno llame por última vez al martillo de mi existencia”. “Maestro Rafael arría la parihuela hasta que los zancos del palio besen el suelo, que quiero mirar a esos ojos que me llevan prendío y ver asomado al balcón de Tu Cielo al niño nazareno que en tu pecho va dormío”.


A Pedro Dormido


Fotografía: Nacho Baratillero

Texto: Jordi de Triana

domingo, 16 de octubre de 2011



PETICIÓN AL SEÑOR POR SUS PEQUEÑOS ÁNGELES RUTH Y JOSÉ


Señor, Tú que eres la Luz que resplandece en el horizonte de los oscuros senderos.


Padre mío, Tú que nos regalaste a nuestros más cercanos seres queridos.


Gran Poder, Tú que todo lo alcanzas y que llenas nuestros grandes vacíos.


Rey de Reyes, Tú que mitigas nuestras dolencias y nos apartas de la tristeza.


Dios Nuestro, Tú que moras en el Paraíso y que nos esperas tras el último sueño.


Te suplicamos intercedas con Tu infinita misericordia, y ayudes a los pequeños Ruth y José a retomar el camino de la felicidad. No existe mayor sufrimiento que la ausencia de unos hijos y la incertidumbre por tan dolosa desaparición, ni mayor tristeza que contemplar la sonrisa apagada en los rostros inocentes de nuestros niños.


Tú sabes más que nadie de calvarios y angustias. En Ti necesitamos conocer el Dónde y el Por qué. Unimos nuestros corazones en un único latido y en Tu mirada buscamos bondad y compasión.


Te rogamos, Amor verdadero, que ayudes a recobrar la razón a quienes perdieron el juicio y actuaron conducidos por la maldad. Eres justo con quienes vuelven al redil tras haber caminado muy alejados de tus sagrados mandamientos. Has recobrar la voz a quienes con su silencio ocasionan mayor dolor a los desconsolados familiares de Ruth y José.


Es nuestra súplica justa y necesaria, y eres Tú, Maestro bueno, milagro perpetuo de nuestra existencia que acude en nuestra ayuda cuando la carga de nuestra propia Cruz nos vence hasta hacernos caer por completo.


Todos somos Ruth y José, y tantos niños que viven o sueñan alejados de sus seres más amados.


Vuestro hermano en el que Todo lo Puede Jordi de Triana