
Soñando con Triana y su Puente Bañado de Cielo Sevillano
Jordi de Triana
viernes, 20 de marzo de 2026
CACHORRO MÍO

martes, 4 de marzo de 2025
ESPERANZA, DIVINA CIRUJANA DE NUESTROS NIÑOS
ESPERANZA, DIVINA CIRUJANA
En una habitación oscura
y silenciosa, apenas iluminada por la tenue luz azulada de una lámpara,
descansa el frágil cuerpo de un niño enfermo. Su respiración es pausada, casi
un susurro de vida que se aferra con la fuerza de quien aún sueña con jugar
junto a las murallas. Sus ojos tristes, cargados de incertidumbre y llenos de
preguntas sin respuesta, se pierden en el infinito horizonte de sus dolencias,
buscando un remedio que parece inalcanzable, una promesa de consuelo que lo
rescate del enredo de su angustia.
Más allá de esas cuatro
paredes, en el gélido pasillo del hospital, el inquebrantable silencio solo se
rompe con el llanto inconsolable de un pequeño ángel herido, cuyo dolor se
expande como un eco interminable en la frialdad del lugar. Allí, entre batas
blancas, y por causalidad verdes, y pasos apresurados, una madre temblorosa
aprieta las manos como si sostuviera en ellas el último hilo de esperanza,
mientras un padre asustado fija la mirada en el suelo, buscando en el vacío una
respuesta que no encuentra.
Junto al lecho del niño,
una estampa de la Esperanza Macarena, vestida de hebrea, y un viejo rosario de
plata —legado de su abuela— velan por él como un faro en medio de la tormenta,
como si la misma Virgen descendiera desde su camarín para cobijarlo con su
manto verde de consuelo.
Las horas se acortan y
el quirófano aguarda, insondable y desconocido, como una frontera que separa la
incertidumbre del milagro. En el umbral de esa confluencia, el niño se aferra
con todas sus fuerzas a las manos de sus padres, tratando de leer en sus ojos
un mensaje de serenidad que ellos, con el corazón desgarrado, intentan simular.
¿Cómo explicarle que al final del túnel brilla una luz, que más allá de la
noche aún existe el amanecer? ¿Cómo hacerle comprender que la Esperanza no es
solo un nombre, sino la llama que nunca se apaga, la promesa que siempre
regresa?
Y entonces, como un
milagro en medio de la tempestad, irrumpen los Armaos de la Macarena. Cruzando
los muros de su enfermedad, sus corazas resplandecen bajo la pálida luz del
hospital, como si en ellas habitara el reflejo del manto divino de la Virgen. Custodios
de la fe y el sosiego, atraviesan el aire denso de la tristeza y, con su sola
presencia, quiebran el miedo y lo transforman en sonrisa. Sus rostros, curtidos
por el tiempo y la devoción, se inclinan con ternura ante la fragilidad del
niño, y uno de ellos, con la voz entrecortada, le susurra con infinita dulzura:
—No estás solo,
chiquillo. La Macarena está contigo.
La frente del niño queda
coronada con un beso de amor infinito, mientras su alma herida encuentra
refugio en la caricia de su centuria. Sus ojos, que hasta hace un instante
reflejaban un océano de dudas, ahora brillan con un resplandor nuevo, un
destello que parece haber sido encendido por la misma Virgen como candelero de
afecto. Los Armaos no traen medicamentos, pero portan algo aún más poderoso: el
remedio que nunca encontrará la ciencia, la cura de las dolencias impalpables,
aquellas que solo sana el amor. Bajo sus corazas laten corazones templados al
fuego de la devoción, corazones que han aprendido que no hay mayor fortaleza
que la ternura ni mayor gloria que la entrega.
Al marcharse, dejan más
que unas fotos y unos besos: dejan el alma entera, derramada en cada caricia,
en cada promesa de luz. Porque no hay batalla más dura que la del dolor de un
niño, ni victoria más dulce que arrancarle una sonrisa al sufrimiento. Los
Armaos de la Macarena abandonan el hospital, envueltos en un mar de lágrimas,
esas lágrimas que brotan de las entrañas cuando el amor se entrega sin medida.
Lloran, como llorarán en la augusta Madrugá, cuando sus ojos se pierdan en la
infinita ternura de la Esperanza y sientan en el pecho el peso de su mirada.
Pero en el rostro del
niño queda dibujada una sonrisa, símil a la de los viejos macarenos que se
despiden al ser llamados al Reino de los Cielos, allí donde los espera el Señor
de la Sentencia. Porque así es el corazón macareno: llora cuando la mira, porque
sabe que en Ella habita el amor más puro; pero cuando se aleja de Ella, sonríe,
porque su Esperanza nunca abandona, nunca olvida, nunca deja de alumbrar el
sendero de quienes claman su nombre en la noche más oscura.
Han pasado los años, y
con ellos se han desvanecido las largas esperas junto a los quirófanos, las
noches de desvelo y el temor a lo desconocido. El dolor quedó atrás, pero su
huella perdura en el alma de quienes un día temieron perderlo todo. Los padres,
que cargaron el insufrible peso de las desgarradas potencias del alma, hoy
lloran de emoción, pero no de tristeza, sino de amor y gratitud.
Es Jueves Santo, y la
luna de Nisán proyecta su luminosidad sobre las calles de Sevilla con su
resplandor divinizado. Avanzando entre la multitud, envuelto en la mística
brisa de la alborada, camina un joven nazareno: aquel niño que un día luchó
entre la vida y la muerte. Viste de verde, el color de la Esperanza que nunca
lo abandonó, la misma que lo sostuvo en sus horas más sombrías. Sus pasos,
firmes y decididos, lo llevan hasta la Basílica, donde sus ojos llorosos se
cruzan con los de la Madre que nunca deja de vigilar por los suyos. "Y allí, bajo la mirada de la Señora, la Esperanza volvió a
llamarlo por su nombre."
La Esperanza ha vuelto a
vencer, y su advocación, escrita en el latido de quienes creen en su milagro,
ondea en el alma de Sevilla como la más pura enseña de salud.
ESPERANZA ¿POR QUÉ TE LO LLEVASTE?

jueves, 27 de febrero de 2025
PERPETUIDAD
Se aproxima, con el
sigilo de la brisa al alba, el instante santificado de renacer. Pues a estas
alturas del viaje, no se cumplen años, sino primaveras; no se acumula tiempo,
sino requiebros en el ánimo. Es el pulso vital que retorna, la esencia que
despierta, el canto renovado de la existencia. Como un misterio revelado en el aroma
del amanecer, la luz se filtra entre las fisuras del pasado, y el alma,
estremecida, se alza en vuelo para posarse en la eternidad.
Será como siempre, a la
hora exacta del tañer de las campanas y del golpe seco del reloj en la eterna
plaza, presagiando la aparición revelada de la alargada sombra del que todo lo
puede. El aire, cargado de murmullos añejos, despierta del letargo las hojas
marchitas, remueve la quietud de los adoquines dormidos y da voz a los blasones
que aguardan la amanecida. Todo está escrito en la liturgia del céfiro, en el cimbrado
de las sombras que anuncian el misterio de lo inmutable y lo huidizo.
La liturgia del tiempo
se consuma en cada piedra, en cada rendija donde la historia selló su pacto inconmovible.
Melancólico y errante, el poeta de alma soñadora aún deambula en las estancias
del viento, anhelante de un ayer que nunca se desvanece. IN MANU EJUS POTESTAS
ET IMPERIUM; y todo cuanto fue, será de nuevo. La eternidad no se mide en horas
ni en días, sino en el susurro de los versos inmortales que resisten la acometida
del olvido.
Parasceve avanza en su
tensa espera, y el eco de los goznes del templo resuena con la gravedad de los
siglos. Todo parece contener el aliento: las piedras, los postigos, los muros
centenarios que guardan secretos de fe y estremecimiento. Bécquer, ese eterno
nostálgico cuya voz se alzó en susurros de deseo y en sombras de versos apasionantes,
sigue esperando en cada rincón donde la nostalgia se hace humanidad. Vencejos
del ayer, recobrad el vuelo, agitad las alas en el lienzo del ocaso, pues aquel
que os cantó en tiempos de oro anhela vuestro volátil retorno. Las golondrinas
de antaño olvidaron el camino y ya jamás volverán a posar su lamento en las
cornisas donde el verso se alzó imperecedero. ¿O acaso sí, en otro tiempo, en
otra forma, en otro instante donde la remembranza se confunda con el ahora?
Mas no temáis, porque en
la brisa persiste aquel murmullo de rimas sublimes, aquel eco de palabras que
la piedra retiene como un secreto perpetuo. Sueños de un romántico impenitente,
musitados en penumbras, vuelven a teñir de añil los suspiros del crepúsculo. La
transubstanciación del verbo sigue su curso: lo que fue pronunciado ayer renace
hoy con renovada esencia. La palabra, como el alma, nunca muere; se eleva, se
transforma y regresa en el aliento de quienes aún saben escuchar.
Los cirios, color
tiniebla, arden con el sigilo de lo sagrado; su cera consume el tiempo y su
llama proyecta sombras que danzan sobre la faz de la plaza. Es tiempo de
renacer, de abrir el alma como el pétalo que, sin miedo, se entrega a la templanza
de una nueva era. Que el sol dibuje en la plaza sombras largas y nítidas de
desdibujados penitentes; que las campanas entonen su antiguo salmo penitencial;
que el reloj, con sus golpes de historia, marque el instante preciso en que la
poesía vuelva a nacer de las entrañas de la plaza.
Porque el legado del
poeta de San Lorenzo aún vibra en las entrañas del viento, porque el soñador de
rimas y leyendas pervive en el temblor de los versos que se niegan a morir. Su
aliento resuena en cada rincón donde la palabra es más que un eco y la emoción
se convierte en un rito eterno. El alma de los antiguos poetas nunca se
extingue; mora en los suspiros de la noche, en la quietud de los templos y en
el lamento de la piedra que recuerda lo que el tiempo no puede tachar.
Melancólico, errante, eterno, su voz sigue llorando en las sombras del tiempo.
En los libros de
cuentas, donde los números cuadraban su frío destino, Bécquer descubrió las
sombras de una deuda insalvable: la del alma que navega hacia su propia
eternidad. Las ideas y la tinta no se bastaban para saldarla, solo el verbo
flagelado de la poesía. Y mientras la ciudad vigilaba entre rezos e
ingratitudes, el Gran Poder avanzaba, madera ensangrentada en la noche silente.
Allí, en la lumbre temblorosa de la cera, se fundían para siempre los nobles
metales de la fe y del verso a la sombra del altar.
MISERERE MEI, DOMINE,
pues hasta la barca de Pedro, zarandeada por vientos de duda, aguarda la
misericordia del alba. Y cuando la gracia de Dios finalmente rasgue la penumbra
con su dorada traza, todo lo que fue y será se fundirá en un solo instante de
luminosa eternidad.
sábado, 16 de abril de 2011
VIRGEN DEL VALLE
No necesito mirar al Cielo para buscar un rayo de luz entre nubes y claros que preconicen una Semana Santa plena de emociones y hermosas estampas. He podido ver ese Cielo dibujado en los ojos de la Virgen del Valle. Las desgarrantes notas que brotaron desde las entrañas de la Anunciación me hicieron ver que no existe amor sin dolor, ni Dios sin sufrimiento. La belleza de nuestra Virgen es etérea e insustancial si camina en distinto sendero que esos cristos vivos que a diario visten la túnica de la incomprensión y el olvido por nuestras calles. La Virgen es la fiel imagen del desgarro envuelto por el incesante llanto que surca sus rosadas y frágiles mejillas.
Cada Viernes de Dolores la Hermandad del Valle vuelve a su pasado y abre sus puertas a Sevilla para proclamar el amor a su Madre. En la cima de un monumento de luz y armonía asoma la belleza incontestable de la Virgen del Valle. Es su rostro un poema de amarguras y anhelos que se cumplen en cada mirada que prende hacia la solemnidad del majestuoso altar de cultos que converge hacia la Gloria.
La cofradía del Valle volverá a surcar las entrañas de Sevilla en el anochecer del Jueves Santo. Volverá a habitar los balcones vacíos de las ausencias y a ser preludio cierto de la noche por excelencia de la Ciudad. El incesante llanto que embarga a la Virgen conmoverá a los hijos de la Ciudad y como desgarrador quejido llegará hasta el mismo Cielo. Serás tú Reina del dolor quien haga asomar entre las primeras cortinas de la Madrugá a la ansiada Luna del Parasceve. En cada nota que nazca de las entrañas de la música sentiré que se me marcha la vida y al mirarte, Madre mía, creeré alcanzar la Gloria con mis manos.
lunes, 26 de enero de 2009
Todos con Marta

Desde este blog quisiera hacer un llamamiento a toda aquella persona que tenga la menor duda de saber algo acerca de esta niña, por mínima que le pueda parecer, que no dude en contactar inmediatamente con las autoridades policiales. Cualquier indicio puede ayudar en las investigaciones.
Todo lo que pueda hacer desde este humilde rincón de Internet será poco por aportar lo más mínimo a devolver la sonrisa a Marta y la felicidad a sus queridos padres.
Si esta ausencia se debe, Dios no lo quiera, a la sin razón humana, le pediría a quien causó este daño, ponga fin a tanto sufrimiento. El amor de estos padres a su hija les hará ser muy generosos con quienes han cometido el mayor error de sus vidas.
Marta, todos estamos contigo y con tus padres.
miércoles, 21 de enero de 2009
El Rostro de la Virgen

lunes, 5 de enero de 2009
"Adoración de los Reyes Magos al Niño Jesús" Cabalgata de Reyes Magos -Gines 2009-
· Melchor te entregará oro, como símbolo irrefutable de Tu Realeza.
· Gaspar te premiará con incienso como muestra de Tu Divinidad.
· Y Baltasar, te obsequiará con mirra, como señal de Tu Condición Humana.
Como Mensajeros Reales y portavoces de la ilusión de niños y mayores, queremos solicitar a la noble gente de este Lugar que piense en esos otros niños desprotegidos, que pasan frío, sed y hambre, muy necesitados de vuestra generosidad. En la tristeza de esos niños encontraréis el sufrimiento de Cristo en su Calvario y en su alegría la sonrisa del Niño que acaba de nacer.
Te pedimos Rey de Reyes que fruto de Tu infinita generosidad colmes de bendiciones a todos los hijos de esta Villa y al resto de ciudadanos del Mundo, y que ellos encuentren en Ti el sabio consejero que ponga rumbo cierto en los duros momentos que hallen en el devenir de sus horas y que su felicidad sea plena contigo compartida.
Nos despedimos de Ti con afecto y admiración. Nos espera una noche cargada de trabajo, son muchos los obsequios que tendremos que dejar a todos y cada uno de los niños y mayores de Gines y el tiempo apremia.
Paz y Bien a La Villa de Gines.
jueves, 1 de enero de 2009
El Principio y el Fin
Lágrimas de pentagrama derramadas sobre un mar de ilusiones compartidas y de sueños realizados. Nuestros seres queridos no morirán mientras estemos nosotros para recordarlos. Ellos son nuestros ángeles custodios en la infinidad del Cielo. Una vez cumplido su cometido en nuestra amada Ciudad han iniciado la larga chicotá en la Cofradía de la Gloria. Acabamos un año de contrastes, muchas de nuestras ilusiones se vieron realizadas y otras tantas se perdieron en el camino.
Fueron muchos los encuentros y los desencuentros, pero nuestro Dios nunca nos abandonó, su amor estuvo presente en cada lugar y en cada momento. A penas acariciamos con nuestras manos la primera cuenta del rosario de un nuevo año, sentimos el primer pellizco junto al Señor de Sevilla que nos espera en la Basílica más cercano que nunca. El Dios Poderoso bajará de su Altar para pisar el suelo de su Santa Morada. Un nuevo año tendremos la oportunidad de acercarnos al rostro de Dios, a sentir su latido muy próximo a nuestros corazones.
Hace pocos días besamos la mano de su Madre Expectante y muy pronto será el Gran Poder quien nos tienda las dulces manos de su Amargura. Con el Señor de Sevilla se abrirán las puertas hacia un camino que inexorablemente, y antes de que nos demos cuenta, nos llevará al júbilo de un nuevo Domingo de Ramos.
La Sevilla de los hermosos contrastes nos llevará a sentir muy de cerca la Pasión de Cristo poco antes de que Tres Reyes Magos ofrezcan al Niño Jesús, oro, incienso y mirra como símbolos de la Realeza, Divinidad y Humanidad de Cristo nuestro Redentor. Sevilla no cambiará el paso y esos niños que disfrutarán en las vísperas de Reyes con la Cabalgata serán los mismos que el Domingo de Ramos portarán sobre sus manos las palmas que precederán al Misterio de la Sagrada Entrada en Jerusalén.
El Señor es el primer peldaño, subiremos poco a poco las escaleras, hasta llegar al último escalón, donde nos esperará victorioso en su Resurrección. Doce campanas sonaron esta noche por un año que se marchó y será el sonido de las campanas de la Basílica las que anuncien a una repleta Plaza que Dios pisará las calles de Sevilla.
Paz, amor y bien queridos hermanos míos.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Tú eres la Verdad
Volverá a repetirse la Concordia con los nazarenos hijos de Tu Madre, La Centuria Romana Macarena desfilará hasta San Lorenzo para rendirte honores, se marchitarán los rojos claveles que besan Tus pies sobre el canasto de Tu paso, se consumirá la cera llorando sobre las velas, oscurecerán los cuatro faroles de las esquinas de Tu canastilla, morirá la noche y de sus entrañas nacerá la claridad de un nuevo día, despertarán los pajarillos que madrugan para cantarte cada amanecer. Se abrirán de nuevo los balcones que apuntan a las entrañas mismas de Sevilla, pasarán por pares los nazarenos de negro ruan con cirios color tinieblas, pasarán las insignias del cortejo, bajarán las cruces de penitentes al pisar el suelo de la Basílica con sus pies descalzos, arriará la parihuela, despertarán las dormidas almas de Sevilla, retornarán los pellizcos a los corazones, el murmullo de la Plaza quedará roto ante los silencios penetrantes de la Madrugada, regresarán los diálogos de la gente entre emociones contenidas y lágrimas, reaparecerán siglos de miradas hacia el Portentoso Milagro de nuestra existencia, pasarán los ángeles que Te acompañan, pero Tú, Dios Mío, permanecerás en nuestras vidas y nunca pasarás de largo. Tú no eres de madera, Tú eres Cuerpo y Sangre de Salvación. Todo se acaba en esta vida, menos Tú, Rey de Judea.No encuentro palabras para alabarte, ni versos exactos que rimen en justicia con el amor que esparces, ni oraciones para rezarte. Perdóname Padre Mío, pero ante Ti el mundo se detiene y mi mente se paraliza. Tú eres el pan nuestro de cada día, el aire que respiramos, la sangre que corre por nuestras venas y tuyo es el corazón que late bajo nuestros pechos. En Tu ausencia nuestras vidas carecen de sentido. Tú eres la mayor Verdad de este Mundo.
Quisiera clavar sobre mí frente las espinas que Te atormentan, ser Tu cirineo para aliviar el duro peso de la Cruz que cargas sobre Tus espaldas por nuestras miserias. En el poder de Tu mirada encuentro la fuerza que me hace seguir en el camino. En Tus manos la caricia que me hace levantar en mis caídas, en Tus pies el milagro del esfuerzo sobrehumano del Hijo del Hombre y en Tu zancada la certeza del Dios que nos espera al final de nuestros pasos.
Dios mío no me abandones nunca. Mis pasos son torpes cuando ando lejos de Ti, perdona si Te ofendí o me alejé del sendero que Tú me marcaste en la pila del bautismo. Tantas veces que mis hermanos me abandonaron, Tú te acordaste de mí y acudiste a mi rescate. Cada vez que la ceguera no me dejó ver al otro lado del río, en Ti encontré la verdadera Luz de Dios. En Tus ojos encuentro la certera respuesta a todas mis dudas.
Te seguiré amando hasta el día que el capataz Eterno llame al martillo para que me una a Su cuadrilla de costaleros. No dudes Rey de Reyes que lo dejaré todo para cumplir la voluntad del Padre y unirme a Tu Santo Reino. Incluso, Dios Mío, después de la muerte seguiré amándote con todas mis fuerzas. Todavía no había nacido de mi madre cuando empecé a quererte. La primera vez que contemplé la perfección de Tu rostro o descubrí en Tu mirada la profundidad de Dios, no descubrí nada nuevo. En mis sueños de niño pude ver con claridad lo mismo que puedo contemplar cada vez que voy a visitarte. En esos sueños de infancia, Te adelantaste, y fuiste a mi encuentro.
Ante Ti, Señor de las Espinas, fui temeroso de Dios y al mismo tiempo encontré el amor verdadero. Cada beso en Tu Sagrado Talón es un beso en la mejilla de los hermanos que se nos adelantaron en el último viaje, un último viaje que nos llevará a abrazarte por todos los Siglos. Junto a Ti Señor, no habrá tristeza, ni lágrimas que derramar, ni dolor, ni pena, ni odios, ni rencillas, ni guerra. Junto a Ti Señor habrá descanso eterno, paz y amor.
Un hombre agonizaba y sobre su envejecido rostro se dibujaba una sonrisa jamás entendida. Una pequeña luz encendida en su mirada que se apagaba muy lentamente. Se acercaba la hora y la sonrisa permanecía intacta e inamovible. Ningún gesto de rabia, ninguna lágrima que resbalara sobre los caudales de los surcos de sus mejillas. El candil de su vida se oscurecía, sus arrugadas manos resbalaban sobre la sábana de seda que cubría su cuerpo vencido. Sus hijos y su mujer trataban de disimular el llanto ante su último aliento. Los párpados se cerraban por completo, apretaba sus labios por última vez, su corazón se paraba y sobre su cara pálida y azul seguía dibujada la misma sonrisa. Ese viejo hombre empezaba a ver Luz al final del túnel. Entre las sombras de la oscuridad comenzaba a adivinar el Rostro de Dios. Lejos de resignarse ante el calvario de su muerte trataba con ímpetu de aferrarse a la vida, a la vida junto al Señor.
Mi Niño Jesús Nacerá Roto

Mi Niño Jesús Nacerá Roto
Nuestro Niño Jesús está muy vivo y vive entre nosotros. No tiene nada en esta vida, su único tesoro es su pobreza. A diario lo vemos tirado en nuestras calles y no le dedicamos una moneda, un gesto o una sonrisa.
Nuestra ceguera nos impide reconocer en esos ojos hundidos de un tierno niño la profunda y penetrante mirada de Dios. Pocas horas faltan para que ese Niño nazca en nuestros corazones y con nuestro egoísmo empezamos a cargarlo con el duro peso de la Cruz.
Nuestro Niño se consumirá entre lágrimas, perecerá atrapado por una bala perdida en una injusta guerra o su cuerpo de ángel descenderá a las profundidades del mar ante los ojos llorosos de una madre que tratará de alcanzarlo con sus manos.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Y Llegará el Día de la Esperanza
Cada día sueño con Ella, con sus preciosos ojos, con su dulce mirada, con sus labios de miel, con sus sonrojadas mejillas, con el encanto de su sonrisa, con la profundidad de su pena, con la amargura de sus lágrimas, con su inigualable belleza...domingo, 14 de diciembre de 2008
"Viejas Historias de San Lorenzo" -A Aguaó de Sevilla y a su Padre-
Se echa la tarde en San Vicente, de entre los príncipes naranjos de Sevilla se adivinan las primeras florecillas de blanquecino azahar, los indicios de una nueva primavera empiezan a tomar cuerpo entre las viejas ramas de hileras de árboles a uno y otro lado de la calle, empieza a oscurecer por Torneo, los faroles iluminan tenuemente la espesa negrura que cubre la Ciudad con su tupido velo aterciopelado. El viejo Manuel tras despedirse de sus amigos de toda la vida inicia el camino que lo devolverá a su Barrio y a la Plaza de las Plazas. Sus cansadas piernas a penas le permiten dar once o doce pasos antes de detenerse para tomar aliento y volver al camino. Sutilmente acaricia el portalón de la Parroquia de San Vicente y se santigua ante el azulejo de Jesús de las Penas.Abstraído y con la mirada perdida en sueños y recuerdos prosigue su ruta. San Vicente, Baños, Miguel del Cid, Pascual de Gayangos, Martínez Montañés y por fin la Plaza de San Lorenzo. Al levantar la cabeza y descubrir tras los árboles y la estatua del maestro Juan de Mesa las puertas de la Basílica, de sus ojos comienza a brotar un manantial de lágrimas que terminan por empapar su azul chaqueta, nervioso y presuroso toma del bolsillo superior de la prenda un blanco pañuelo para secarse la cara y disimular el incesante llanto que embargaba su arrugada y blanquecina piel. Tras el lamento, un suspiro y la mirada clavada en lo más alto. Inexplicablemente Manuel lloraba sin consuelo al detenerse ante el portalón de su casa. Algún triste pensamiento rondaba su cabeza. Tras unos minutos apaciguando el temporal consigue el valor suficiente para atravesar la alfombra de la entrada y subir despacio, muy despacio las escaleras que lo llevarían al zaguán de su casa. Con manos temblorosas y tras varios intentos consigue atinar y abrir la puerta de par en par, al llegar al saloncito descubre a su nieto Rafael que lo esperaba como cada noche para recibir sobre su frente la caricia de los labios de su abuelo.
Manuel tembloroso y con el rostro desencajado, cuelga el sombrero en la entrada y apoya su chaqueta sobre el respaldo de un viejo sillón.
“¿Abuelo te ocurre algo?”, tras unos primeros segundos entre sollozos y balbuceos, a regañadientes, frunciendo el ceño y apenas siendo entendido por los presentes, acierta a decir “Rafaelillo este año no”.
Su nieto incapaz de descifrar el breve, escueto y rotundo mensaje del abuelo, replica con un “este año no ¿qué abuelo?".
Las lágrimas vuelven al rostro del abuelo y por contagio espontáneo a Rafael y a María, la abuela que observa la escena en sepulcral silencio.
“Este año no Rafaelillo, ya no tengo fuerzas, este año no podré acompañar al Señor en la Santa Madrugada”
El nieto, inseparable escudero junto a su padre, de su abuelo en el mínimo trayecto que los acercaba cada Madrugá hasta la Basílica, asumido por la emoción del momento termina fundiéndose en caluroso abrazo con el abuelo. María trata de cubrirse los ojos con ambas manos y sobre sus frágiles dedos aterciopelados se deja entrever un ramillete de lágrimas de cristal que brotan de sus rojizos ojos empañados. María y su nieto no encuentran palabras de consuelo para aliviar la tristeza del abuelo.
Su desgastado corazón se hacía fuerte cada Madrugá cuando caminaba a paso racheao y portando cirio como una de las últimas parejas nombradas del Señor. Cada golpe rotundo de llamador retumbaba en la profundidad de sus entrañas, a cada paso que daba sentía sobre su espalda el aliento del Señor. Milagrosamente elevaba el cirio sobre el atril de esparto y seguía su camino. No necesitaba volverse para ver el verdadero rostro de Dios, Divino rostro que llevaba esculpido en el alma, la fuerza de su espíritu tiraba del cansado cuerpo. Debajo del antifaz suspendía una medalla centenaria y en su mano izquierda el rosario que recibió como el mejor legado de las manos de su madre en el lecho de su último sueño.
Se hace tarde para el joven Rafael que besa a sus abuelos y se despide de ellos para volver a casa con sus padres que lo esperan asomados a un balcón de la cercana calle Conde de Barajas.
Cada día de Cuaresma Rafaelillo repetía la misma pregunta al viejo Manuel “¿abuelo estás seguro?”, a la que siempre seguía una misma réplica “querido niño, ya quisiera yo acompañar al Señor los pocos años que me quedan hasta que me lleve junto a Él, las fuerzas me han abandonado y a penas puedo dar tres pasos”.
Llega el Domingo de Ramos y Manuel se levanta con gran entusiasmo, una leve sonrisa se dibuja en su arrugada cara, María toma con suave tacto la mano de su esposo y le pregunta “¿qué pasa Manuel, te has levantado hoy con el pie derecho?” “María de mis entrañas todavía estás así, arréglate mi arma que en media hora no se cabe en la Plaza”. Manuel y María salen presurosos de su lecho para bajar a la Plaza y plantarse delante de la Casa de Dios. Manuel llega acelerado y con rictus severo, basta un golpe de vista hacia el Señor para que le cambie el semblante, María asiste al envite con emoción contenida, sorprendida y no menos confundida. Tras la misa, Manuel y María suben las escalerillas para besar el Sagrado Talón del que Todo lo Puede, las lágrimas vuelven al rostro de Manuel, bien sabe Dios que esas lágrimas son distintas, no tienen nada que ver con las derramadas hace a penas seis semanas delante del pobre Rafaelillo.
Llega el almuerzo y Rafaelillo insiste en lo mismo “Abuelo querido, ¿te lo has pensado bien?” “recuerda que quedan cuatro días”, Manuel atiende a las palabras de su nieto con los ojos luminosos, María que lo conoce como si lo hubiese parío vuelve su vista hacia un viejo armario, tras sus carcomidas puertas cuelga la túnica de su marido. El Abuelo juega al despiste frotándose las manos y perdiendo la mirada no se sabe donde, Rafael que conoce a su Padre como a la palma de su mano hace un quite por verónica para liberarlo del interrogatorio del incansable Rafaelillo. Rafael y su Madre tienen clara la decisión del abuelo, pero no quieren arrancarle la promesa que el nieto espera con anhelo (volver a acompañarlos en la noche de los silencios penetrantes de Sevilla). Rafaelillo queda resignado a ver al Abuelo asomado al balcón descubriendo entre la densa humareda de incienso el rostro del Divino Cisquero. Para él un nueva Madrugá junto al abuelo no dejaba de ser una mera quimera, una ilusión, un sueño….
María con astucia aprovecha la primera salida del abuelo en la mañana del Lunes Santo para descolgar la túnica y darle el debido trato para que luzca reluciente para la ocasión señalada. Una vez cumplidas las visitas de rigor a los templos cercanos que preparaban la inminente salida procesional de sus hermandades, Penas de San Vicente, Museo y Veracruz, Manuel vuelve a casa, sin encontrar a su paso el mínimo indicio de una laboriosa mañana de María para dejar en su punto y con sumo cuidado la oscura prenda nazarena de su marido.
Llega el Miércoles Santo por la tarde y siguiendo una tradición familiar cumplida año tras año ininterrumpidamente desde tiempos mozos del padre de Manuel, las túnicas de Rafael y Rafaelillo descansaban sobre el sillón de la casa de los abuelos, en dos sillas de enea próximas, los correspondientes cinturones de esparto y a los pies de la mesa de camilla las sandalias con pares de calcetines color negro, sobre el cristal de la mesa tres medallas de la Hermandad, las mismas que un día portaron el bisabuelo Manuel y sus hijos Manolo y Rafael.
Mañana de Jueves Santo en San Lorenzo, mañana de emociones, encuentros y abrazos. Tras la tempranera misa, Manuel llama a cabildo de urgencia al resto de la familia. Acuden presurosos Rafael su esposa Josefina y un nerviosísimo Rafaelillo que no paraba de andar de un lado para otro, sin tregua ni descanso. Manuel bebe de un vaso de cristal antes de iniciar unas palabras, la tensión puede cortarse con un cuchillo de fina hoja, la sala se embarga de un silencio maestrante, roto únicamente por el murmullo de la Plaza.
“queridos míos, como todos sabéis en la antesala de la Cuaresma y tras meditarlo a conciencia tomé la decisión de dejar de vestir la túnica de nazareno de nuestra Hermandad”
“ha sido difícil para mí terminar una tradición que he cumplido cada año desde la primera vez que acompañé a mi padre a San Lorenzo para realizar mi primera Estación Penitencial junto al Señor y su Madre”.
La tensión de la escena crece por momentos, Manuel vuelve a coger el vaso para tomar un nuevo trago y continuar con su exposición de motivos “cada día que ha pasado desde entonces he tenido más claro que ese momento tan especial no volvería a repetirse”. Volviendo la mirada hacia el nieto, prosiguió en su discurso “querido nieto cada tarde e infructuosamente has tratado de convencerme para que te acompañe, aún siendo por última vez” “no dudes mi niño que se me rompía el alma al contemplar como la tristeza se dibujaba en tus ojos brillantes”.
Después de una breve pausa y tras secarse el sudor que resbalaba por su frente terminó su discurso con dos nuevas parrafadas:
“A medida que se acercaba la hora del Señor he tenido más evidente que mi lugar está junto a Él, no quería evidenciar muestras claras de mi repentino cambio de opinión, lejos de ocultar mi decisión, no quería ilusionarme e ilusionaros para finalmente descubrir que las fuerzas me han abandonado por completo y que no existía la mínima posibilidad de cumplir mi palabra”.
Una última mirada hacia María, su esposa “querida María, compañera mía, el día que me faltes me faltará todo, como repites tantas veces –te conozco como si te hubiese parío- de igual forma puedo hablar de ti. Desbordas generosidad, nunca escuché de tus labios un –no- por respuesta, de ti jamás oí un –mío-, siempre es -un nuestro-, ¿habrás percibido que estas últimas noches a penas he podido conciliar el sueño y que me levantaba de la cama a cada instante con cuidado para no despertarte?, cada una de esas noches cruzaba sigilosamente el pasillo para llegar a la salita y abrir la puerta del armario para descubrir detrás de sus puertas la túnica que con el cariño de la mejor esposa me habías preparado. Esa bondad que esparces con tus buenas acciones llega incluso a abrumarme al no encontrar detalle, gesto o palabra que pudiese agradecer en su justa medida todo lo que has podido hacer por todos nosotros”.
Una felicidad contagiosa se adueñó de la pequeña salita, Rafael y Rafaelillo corrieron presurosos para besar al abuelo y terminar fundidos en un interminable abrazo con la dulce y generosa María. María no tardó ni un segundo en dirigirse al viejo armario para descolgar la túnica y situarla junto a las de Rafael y su nieto, el inocente chiquillo no había caído en la cuenta de que entre su túnica y la de su padre existía el espacio necesario para la del abuelo. No eran momentos para pensar en otra cosa que no fuese la gran Noche de Sevilla.
Y llegó para Sevilla la Noche que tocaba soñar con los ojos muy abiertos, Rafael, Rafaelillo y un más joven que nunca Manuel rezaron un Padre Nuestro y un Ave María delante del retrato del bisabuelo, era una forma muy especial de sentirse acompañados por quien inició esta hermosa tradición familiar. María no quedó sola en la casa, un año más permaneció muy bien acompañada por su nuera Josefina, no pasó Madrugá que no la tuviese a su vera. Josefina era la esposa de su único hijo, la madre de su nieto y algo más, Josefina para ella era como la hija que soñó tener y que jamás pudo engendrar en sus entrañas. María para Josefina era la prolongación de esa madre que el amargo destino apartó de su lado cuando apenas empezaba a descubrir la crudeza de la vida.
En un lugar muy cercano Rafaelillo trataba de adivinar entre una nube de capirotes los ojos del abuelo. El silencio penetrante de la Plaza enmudeció ante el sonido rotundo de un cerrojo, de par en par se abrieron para Sevilla las puertas de la Gloria, la Cruz de Guía de los símbolos pasionales avanzaba atravesando el alma espiritual de Sevilla, tras ella caminaba sin descanso una comitiva de túnicas de ruán, de repente ciriales por pares se cuadraban delante del portalón, las paredes de la Basílica temblaban a golpe de llamador, Dios se elevaba sobre sus hijos ataviados de negra túnica e iniciaba la primera chicotá de la Madrugá. El portentoso milagro de la madera encarnado en el Dios de las Alturas hacia acto de presencia ante una nube de incienso que a penas permitía percibir la dulzura de su rostro. A cada paso del Señor los fieles sentían sobre sus cuerpos escalofríos como tímpanos de hielo, los corazones aceleraban su latido, una paz espiritual se esparcía por rincones, aceras y balcones. Sobre las paredes de la cercana Parroquia de San Lorenzo, vieja Morada del Señor, se dibujaba su hermosa silueta, cada paso del Señor era correspondido por emociones contenidas. Rezos, plegarias, oraciones, promesas, recuerdos y añoranzas.
Muy cerca del Señor, Manuel se sentía liberado de la cárcel de sus muchas dolencias, volvía a recobrar la juventud, sus manos dejaron de temblar y sus pasos decididos lo acercaban a su Dios. El Señor avanzaba alargando la zancada, lluvia de saetas desde los balcones y como siempre y sin faltarles las fuerzas, caminaban las inquebrantables y fieles devotas del Gran Poder, abuelas de Sevilla. Se perdía la Figura del Señor en el horizonte, hombres, mujeres, jóvenes y mayores secaban sus lágrimas y la comitiva de nazarenos continuaba abandonando la Basílica para iniciar la Estación de Penitencia hacia la Catedral de Sevilla. Los pocos hermanos que permanecían en la Basílica se estremecían ante el llamador que golpeaba con rotundidad sobre el palio de la Madre de Dios. La Virgen del Mayor y Traspaso caminaba bajo el exquisito palio Juanmanuelino, una de las grandes joyas de la Semana Santa Hispalense, a veces poco reconocido por quienes no ven más allá del Señor. No llegan a entender que la grandeza de Dios no es completa sin la cercana presencia de su Madre. Pequeña, frágil y hermosa inicia el camino de su particular Camino de la Amargura tras el Señor. La Bella Azucena de Sevilla tiene el don de cautivarte a primer golpe de vista. Sobre su carita inclinada se dibujan hermosos perfiles que representan con exactitud la hermosura interior de la Madre de Nuestro Señor. María y Josefina desde privilegiado balcón tratan de adivinar a los tres hermanos del Gran Poder que horas antes y tras besarlas habían cruzado la Plaza para cumplir con la promesa del bisabuelo. Por delante queda una noche de desvelos, un desvelo que despertará al canto de los vencejos, esos mismos que cada amanecer despiertan al Señor de Sevilla.sábado, 29 de noviembre de 2008
Réquiem por un costalero de Triana

Han pasado muchos años, y como verás querido Juan, no sólo no te olvidamos sino que cada día nos acordamos más de ti. Aquel Domingo de Ramos, Nuestro Cristo de las Penas llegó a San Jacinto y entró en la Capilla a sones de Réquiem por Juan Vizcaya, capataz grande que duerme junto a ti y a otros tantos costaleros y capataces de nuestro Barrio el sueño eterno en el Cielo de Triana. La Virgen de la Estrella, llorando más que nunca, terminaba la más triste noche de Domingo de Ramos al son de Hermanos Costaleros. Hermanos Costaleros por ti amigo Juan, por tu generosidad y por ese amor tan grande que desbordabas cada Domingo de Ramos cuando paseabas a la Señora de la calle San Jacinto como ella se merece. Como justo homenaje, tú lugar en el palio quedó vacío esa tarde-noche de llantos y emociones. Vacío, pero lleno, lleno con tu recuerdo. Noche de Estrella Sublime en San Jacinto y noche de Amarguras en las entrañas del Barrio que vio partir hacia el infinito Celeste al niño de su alma.